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Compasión: nuestro primer instinto

Por Emma M. Seppälä Ph.D.

Décadas de investigación clínica se han concentrado en iluminar la psicología del sufrimiento humano. Ese sufrimiento, tan desagradable como es, muchas veces tiene también un lado luminoso al que la investigación ha prestado menos atención: la compasión. El sufrimiento humano va frecuentemente acompañado de actos hermosos de compasión de otros que desean ayudar a aliviarlo. ¿Qué llevó al 26,5% de los estadounidenses a ser voluntarios en 2012 (según estadísticas del Departamento de Trabajo de EE.UU.)? ¿Qué impulsa a alguien a servir comida en un refugio para personas sin hogar, a detenerse en la carretera bajo la lluvia para ayudar a alguien con un vehículo averiado o a alimentar a un gato perdido?

¿Qué es la Compasión?

¿Qué es la compasión y cómo difiere de la empatía o del altruismo? La definición de compasión a menudo se confunde con la de empatía. La empatía, según la definen los investigadores, es la experiencia visceral o emocional de los sentimientos de otra persona. Es, en cierto sentido, un reflejo automático de la emoción del otro; es como absorber la tristeza de un amigo. El altruismo es una acción que beneficia a otra persona. Puede o no ir acompañada de empatía o compasión; por ejemplo, hacer una donación por razones fiscales. Aunque estos términos están relacionados con la compasión, no son idénticos. Con frecuencia, la compasión implica una respuesta empática y un comportamiento altruista. Sin embargo, la compasión se define como la respuesta emocional al percibir el sufrimiento e implica un deseo auténtico de ayudar.

¿Es la compasión natural o aprendida?

Aunque los economistas han argumentado lo contrario durante mucho tiempo, un número creciente de evidencias sugiere que en nuestro núcleo tanto los animales como los seres humanos poseen lo que Dacher Keltner de la Universidad de California, Berkeley, denomina un “instinto compasivo”. En otras palabras, la compasión es una respuesta natural y automática que garantizó nuestra supervivencia. La investigación de Jean Decety de la Universidad de Chicago ha mostrado que incluso las ratas se sienten impulsadas a simpatizar con otra rata que sufre y se desvían de su camino para ayudar al otro a resolver su problema. Los estudios con chimpancés y bebés humanos demasiado jóvenes para haber aprendido las reglas de cortesia también apoyan estas afirmaciones. Michael Tomasello y otros científicos del Instituto Max Planck en Alemania descubrieron que los bebés y los chimpancés se involucran espontaneamente en comportamientos útiles e incluso superan obstáculos para poder hacerlo. Aparentemente actúan así por motivación intrínseca sin expectativa de recompensa. Un estudio reciente que realizaron indicó que los diámetros de las pupilas (una medida de atención) disminuyen cuando ayudan y cuando ven a alguien ayudar, sugiriendo que no están simplemente ayudando porque ayudar sea gratificante. Parece ser el alivio del sufrimiento lo que trae recompensa, ya sea que se involucren o no en el comportamiento de ayuda en sí. Una investigación reciente de David Rand en la Universidad de Harvard muestra que el primer impulso de los adultos y los niños es ayudar a otros. De hecho, cuando nos presionan, nuestro primer impulso es ayudar a otros, sugieren investigaciones realizadas por Francesca Righetti de la Universidad VU de Ámsterdam. Investigaciones de Dale Miller en la Graduate School of Business de Stanford sugieren que esto también es cierto para los adultos; sin embargo, la preocupación de que otros piensen que actúan por interés propio puede bloquear este impulso de ayudar.

No es sorprendente que la compasión sea una tendencia natural, ya que es esencial para la supervivencia humana. Como Keltner ha señalado, el término “supervivencia del más apto”, frecuentemente atribuido a Charles Darwin, fue en realidad acuñado por Herbert Spencer y los darwinistas sociales que deseaban justificar la superioridad de clase y raza. Un hecho menos conocido es que la obra de Darwin se describe mejor con la frase “supervivencia del más bondadoso”. De hecho, en La descendencia del hombre y la selección en relación al sexo, Darwin argumentó a favor de “la mayor fuerza de los instintos sociales o maternales que la de cualquier otro instinto o razón”. En otro pasaje, comenta que “las comunidades que incluían el mayor número de miembros más solidarios florecerían mejor y retendrían el mayor número de descendientes”. La compasión puede de hecho ser un rasgo naturalmente evolucionado y adaptable. Sin ella, la supervivencia y el florecimiento de nuestra especie habrían sido improbables.

Otra señal que sugiere que la compasión es un rasgo desarrollado de manera adaptativa es que nos hace más atractivos para posibles parejas. Un estudio que examina la característica más valorada en posibles parejas románticas sugiere que hombres y mujeres coinciden en que la “bondad” es uno de los rasgos más deseables.

Beneficios sorprendentes de la compasión para la salud física y psicológica

La compasión puede haber garantizado nuestra supervivencia debido a sus enormes beneficios para la salud física y mental y para el bienestar general. Una investigación de Ed Diener, APS William James Fellow, investigador líder en psicología positiva, y Martin James Seligman, APS James McKeen Cattell Fellow, pionero de la psicología de la felicidad y el florecimiento humano, sugiere que conectarse con otros de manera significativa nos ayuda a disfrutar de mejor salud mental y física y acelera la recuperación de enfermedades. Además, la investigación de Stephanie Brown de la Universidad de Stony Brook y Sara Konrath de la Universidad de Michigan ha mostrado que puede incluso prolongar nuestra esperanza de vida.

La razón por la cual un estilo de vida compasivo lleva a mayor bienestar psicológico puede explicarse por el hecho de que el acto de dar parece ser tan placentero, si no más, como el acto de recibir. Un estudio de neuroimagen liderado por el neurocientífico Jordan Grafman de los Institutos Nacionales de Salud mostró que los “centros de placer” en el cerebro, es decir, las partes del cerebro que están activas cuando experimentamos placer (como el postre, el dinero y el sexo), están igualmente activas cuando observamos a alguien dando dinero a la caridad como cuando nosotros mismos recibimos dinero. Dar a otros aumenta el bienestar más allá de lo que experimentamos cuando gastamos dinero en nosotros mismos. En un experimento revelador de Elizabeth Dunn de la Universidad de British Columbia, los participantes recibieron una suma de dinero y se instruyó a la mitad de los participantes a gastar el dinero en sí mismos; a la otra mitad se le indicó que gastara el dinero con otros. Al final del estudio, publicado en la revista científica Science, los participantes que gastaron dinero con otros se sintieron significativamente más felices que aquellos que habían gastado dinero en sí mismos.

Esto es cierto incluso para los niños. Un estudio de Lara Aknin y colegas de la Universidad de British Columbia muestra que incluso en niños de hasta dos años, dar regalos a otros aumenta la felicidad de los donantes más que recibir regalos ellos mismos. Aún más sorprendentemente, el hecho de que dar nos haga más felices que recibir es cierto en todo el mundo, independientemente de si los países son ricos o pobres. Un nuevo estudio de Aknin, ahora en la Universidad Simon Fraser, muestra que la cantidad de dinero gastado con otros (y no para beneficio personal) y el bienestar personal fueron altamente correlacionados, independientemente del ingreso, apoyo social, libertad percibida y percepción nacional de corrupción.

¿Por qué la compasión es buena para nosotros?

¿Por qué la compasión lleva a beneficios para la salud en particular? Una pista para esta pregunta se encuentra en un fascinante estudio reciente de Steve Cole de la Universidad de California, Los Ángeles, y Barbara Fredrickson, becaria de APS, de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Los resultados fueron reportados por el Centro para la Investigación y Educación en Compasión y Altruismo (CCARE) de la Escuela de Medicina de Stanford en 2012. El estudio evaluó los niveles de inflamación celular en personas que se describen a sí mismas como “muy felices”. La inflamación está en la raíz del cáncer y otras enfermedades y generalmente es alta en personas que viven bajo mucho estrés. Podríamos esperar que la inflamación fuera menor en personas con niveles más altos de felicidad. Cole y Fredrickson descubrieron que esto era sólo el caso para ciertas personas “muy felices”. Descubrieron que las personas que estaban felices porque vivieron la “buena vida” (a veces también conocida como “felicidad hedonista”) presentaban altos niveles de inflamación, pero por otro lado, las personas felices porque vivieron una vida con propósito o significado (a veces también conocida como “felicidad eudaimónica”) presentaban bajos niveles de inflamación. Una vida de significado y propósito está menos enfocada en satisfacerse a uno mismo y más enfocada en satisfacer a otros. Es una vida rica en compasión, altruismo y con un significado más elevado.

Otra manera en que un estilo de vida compasivo puede mejorar la longevidad es que puede servir como amortiguador contra el estrés. En un nuevo estudio realizado en una población grande (más de 800 personas) y liderado por la Universidad de Buffalo, Michael Poulin descubrió que el estrés no predijo la mortalidad en quienes ayudaron a otros, pero sí ocurrió en aquellos que no lo hicieron. Una de las razones por las cuales la compasión puede proteger contra el estrés es el hecho de que es tan placentera. La motivación, sin embargo, parece desempeñar un papel importante en predecir que un estilo de vida compasivo ejerza un impacto benéfico en la salud. Sara Konrath de la Universidad de Michigan descubrió que las personas que se dedicaban al voluntariado vivían más que sus colegas que no eran voluntarios, pero sólo si sus razones para el voluntariado eran altruistas y no egoístas.

Otra razón por la cual la compasión puede impulsar nuestro bienestar es que puede ayudar a ampliar nuestra perspectiva más allá de nosotros mismos. La investigación muestra que la depresión y la ansiedad están vinculadas a un estado de autofoco, una preocupación con “yo, yo y yo”. Cuando haces algo por otra persona, sin embargo, ese estado de autofoco cambia a un estado de “enfoque en el otro”. Tal vez recuerdes alguna vez que te sentiste deprimido y de repente un amigo o un familiar cercano te pidió ayuda urgente con un problema y puedas recordar que a medida que tu atención se desplazó hacia ayudarles, tu ánimo mejoró. En lugar de sentirte deprimido, podrías haberte sentido energizado para ayudar; antes de que te dieras cuenta, podrías incluso haberte sentido mejor y haber ganado algo de perspectiva en tu propia situación también.

Finalmente, otra manera en que la compasión puede impulsar nuestro bienestar es aumentando la sensación de conexión con otros. Un estudio revelador mostró que la falta de conexión social representa un gran perjuicio para la salud, mayor que la obesidad, el tabaquismo y la presión arterial alta. Por otro lado, una fuerte conexión social lleva a un aumento del 50 por ciento en la probabilidad de longevidad. La conexión social fortalece nuestro sistema inmunológico (la investigación de Cole muestra que los genes afectados por la conexión social también codifican la función inmune y la inflamación), nos ayuda a recuperarnos de enfermedades más rápidamente y puede incluso prolongar nuestra vida. Las personas que se sienten más conectadas con otras tienen menores tasas de ansiedad y depresión. Además, los estudios muestran que también tienen mayor autoestima, son más empáticos con otros, más confiados y cooperativos y, como consecuencia, otros están más dispuestos a confiar y cooperar con ellos. La conexión social, por lo tanto, genera un ciclo de retroalimentación positiva de bienestar social, emocional y físico. Desafortunadamente, lo opuesto también es cierto para quienes no tienen conexión social. La baja conexión social se ha asociado generalmente con declives en la salud física y psicológica, así como una mayor propensión al comportamiento antisocial que lleva a mayor aislamiento. Adoptar un estilo de vida compasivo o cultivar la compasión puede ayudar a aumentar la conexión social y mejorar la salud física y psicológica.

Por qué la compasión realmente tiene la capacidad de cambiar el mundo.

¿Por qué las vidas de personas como la Madre Teresa, Martin Luther King Jr. y Desmond Tutu son tan inspiradoras? Investigaciones de Jonathan Haidt, APS Fellow de la Universidad de Virginia, sugieren que ver a alguien ayudando a otra persona crea un estado de “elevación”. ¿Alguna vez te has echado a llorar al ver el comportamiento amoroso y compasivo de alguien? Los datos de Haidt sugieren que esa elevación nos inspira a ayudar a otros, y puede ser la fuerza detrás de una reacción de donación en cadena. Haidt mostró que los líderes corporativos que se involucran en comportamientos de autosacrificio y provocan “elevación” en sus empleados también producen mayor influencia entre los empleados, quienes se vuelven más comprometidos y a su vez pueden actuar con más compasión en el lugar de trabajo. De hecho, la compasión es contagiosa. Los científicos sociales James Fowler de la Universidad de California, San Diego y Nicholas Christakis de Harvard han demostrado que la ayuda es contagiosa: los actos de generosidad y bondad generan más generosidad en una reacción de bien en cadena. Probablemente hayas visto algunos de los reportajes de noticias sobre reacciones en cadena que ocurren cuando alguien paga el café de los conductores detrás de ellos en un restaurante de servicio rápido o en un peaje. Las personas mantienen el comportamiento generoso durante horas. Nuestros actos de compasión elevan el ánimo de otros y los hacen felices. Puede que no lo sepamos, pero al estimular a otros, también nos estamos ayudando a nosotros mismos. La investigación de Fowler y Christakis mostró que la felicidad se propaga y que si las personas que nos rodean están felices, nosotros nos volvemos más felices.

Cultivando la compasión

Aunque la compasión parece ser un instinto naturalmente evolucionado, recibir algo de entrenamiento puede ayudar. Varios estudios han mostrado que una variedad de prácticas de meditación de compasión y “amor bondadoso”, derivadas principalmente de prácticas budistas tradicionales, pueden ayudar a cultivar la compasión. Cultivar la compasión no requiere años de estudio y puede activarse bastante rápidamente. En un estudio que Cendri Hutcherson del Instituto de Tecnología de California y yo condujimos en 2008 con James Gross, APS Fellow, en Stanford, descubrimos que una intervención de siete minutos fue suficiente para aumentar los sentimientos de proximidad y conexión con el objetivo de la meditación tanto en medidas explícitas como en medidas implícitas en las cuales los participantes no podrían controlar voluntariamente. Esto sugiere que tu sentido de conexión cambió a un nivel profundo. Fredrickson probó una intervención de meditación de amor bondadoso de nueve semanas y descubrió que los participantes que pasaron por la intervención experimentaron un aumento de emociones positivas diarias, síntomas depresivos reducidos y mayor satisfacción con la vida. Un grupo liderado por Sheethal Reddy en Emory con niños adoptivos mostró que una intervención de compasión aumentó la sensación de esperanza en los niños. En general, la investigación sobre intervenciones de compasión muestra mejoras en el bienestar psicológico, la compasión y la conexión social.

Más allá de las medidas de cuestionario, los investigadores están descubriendo que las intervenciones de compasión también influyen en el comportamiento. Tania Singer, APS Fellow, y su equipo en el Instituto Max Planck realizaron un estudio que analizó los efectos del entrenamiento de compasión en el comportamiento prosocial. Estos investigadores desarrollaron el Juego Prosocial de Zúrich, que tiene la capacidad de medir el comportamiento prosocial de un individuo varias veces, a diferencia de muchas otras tareas prosociales que sólo miden el comportamiento prosocial en individuos una sola vez. Singer descubrió que el entrenamiento de compasión de un día aumentó el comportamiento prosocial en el juego. Curiosamente, el tipo de meditación parece importar menos que simplemente el acto de meditar en sí. Condon, Miller, Desbordes y DeSteno descubrieron que entrenamientos de meditación de ocho semanas llevaron a los participantes a actuar con más compasión hacia una persona que está sufriendo (ceder su silla a alguien que usa muletas), independientemente del tipo de meditación que practicaran (mindfulness o compasión).

Se necesita más investigación para entender exactamente cómo el entrenamiento de compasión mejora el bienestar y promueve el comportamiento altruista. Investigaciones de Antoine Lutz y Richard Davidson, APS William James Fellow, de la Universidad de Wisconsin-Madison, descubrieron que durante la meditación, los participantes muestran procesamiento emocional mejorado en regiones cerebrales vinculadas a la empatía en respuesta a gritos que evocan emoción. Un estudio liderado por Gaëlle Desbordes en el Hospital General de Massachusetts indicó que tanto el entrenamiento de compasión como el de meditación de mindfulness disminuyeron la actividad en la amígdala en respuesta a imágenes emocionales. Esto sugiere que la meditación en general puede ayudar a mejorar la regulación emocional. Sin embargo, la meditación de compasión no redujo la actividad ante imágenes de sufrimiento humano, sugiriendo que la meditación de compasión aumentó la capacidad de respuesta de una persona al sufrimiento.

En colaboración con Thupten Jinpa, traductor personal del Dalai Lama, así como con varios psicólogos de Stanford, el CCARE desarrolló un programa de entrenamiento de compasión secular conocido como Compassion Cultivation Training Program (Programa de Entrenamiento del Cultivo de la Compasión). La investigación preliminar liderada por Philippe Goldin de Stanford sugiere que es útil en la reducción de enfermedades como la ansiedad social y que eleva diferentes medidas de compasión. Además de haber enseñado a cientos de miembros de la comunidad y estudiantes de Stanford que expresaron interés, también hemos desarrollado un programa de entrenamiento de maestros actualmente en curso.

Dada la importancia de la compasión en nuestro mundo actual y un número creciente de evidencias sobre los beneficios de la compasión para la salud y el bienestar, este campo está obligado a generar más interés y con suerte impactar a nuestra comunidad en general. El CCARE prevé un mundo en el cual, gracias a estudios de investigación rigurosos sobre los beneficios de la compasión, la práctica de la compasión se entienda como siendo tan importante para la salud como el ejercicio físico y una dieta saludable. Las técnicas validadas empíricamente para cultivar la compasión son ampliamente accesibles y la práctica de la compasión se enseña y se aplica en escuelas, hospitales, cárceles, fuerzas militares y otros entornos comunitarios.

Texto publicado originalmente en Psychology Today