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Nadie necesita ser especial: liberándonos de la prisión de la autoimagen

Por Ezra Bayda

Una de las características principales de una vida de adormecimiento es que nos identificamos completamente con un ser compuesto de un "yo". Comenzando con nuestro nombre, nuestra historia, nuestra autoimagen e identidad, usamos cada una de estas cosas para solidificar el concepto de que estamos viviendo nuestro pequeño mundo. Nos concebimos como "especiales", no en el sentido de ser diferentes o excepcionales, sino en el sentido de sentirnos únicos, separados e importantes. Curiosamente, nuestro sentimiento de ser especial no es solo por tener cualidades positivas; podemos incluso usar nuestro sufrimiento para hacernos sentir únicos y especiales. Sin embargo, no necesitar ser especial, no tener que ser de ninguna manera específica, es lo que significa ser libre: libres para probar nuestra existencia natural, nuestro "yo" más auténtico.

Por ejemplo, todos llevamos imágenes de nosotros mismos inconscientemente durante nuestras horas de vigilia. Nuestras autoimágenes son conceptos o imágenes de cómo nos vemos. Podemos tener una autoimagen de ser buenos, competentes o profundos; o podemos tener una autoimagen negativa, viéndonos como débiles, estúpidos o sin valor. Generalmente intentamos enfocarnos en nuestras autoimágenes positivas y también guiar nuestra vida externa para retratarnos de la manera más favorable. Vivimos guiados por el orgullo de ser vistos de cierta manera, principalmente para conquistar la aprobación de algunas personas cuya opinión consideramos importante. Ya sean nuestras ropas, nuestro cabello o nuestro cuerpo, nuestro radar de aprobación está constantemente funcionando, la mayoría de las veces inconscientemente. Esto es verdad incluso para el auto que conducimos: cuando nos sentamos detrás del volante, sea un Cadillac, un híbrido o una camioneta, definimos quiénes somos para nosotros mismos y para los otros, y generalmente estamos totalmente identificados con esa imagen.

Gran parte de nuestra vida se gasta intentando vivir desde autoimágenes, y raramente tenemos la disposición de mirarlas con honestidad. En realidad, es muy difícil ser honesto con nosotros mismos, especialmente cuando tenemos simultáneamente autoimágenes positivas y negativas y no podemos percibir nuestras inconsistencias. Esto sucede porque todos usamos anteojeras: una defensa psicológica que impide que una parte de nosotros vea otra parte. Por ejemplo, si queremos vernos como buenos, ignoraremos todos nuestros actos egoístas o dañinos. O, si comenzamos a vernos como indignos, ignoramos todas nuestras actitudes positivas. Esto es más común de lo que pensamos.

Muy relacionadas con nuestras autoimágenes están nuestras identidades: cómo nos definimos de acuerdo con el papel que ejercemos en la vida o en la sociedad, como ser madre, un hombre de negocios, un meditador, un atleta y así sucesivamente. Las identidades que asumimos no necesitan tener sentido. Por ejemplo, aunque he escrito cinco libros y tengo diversos artículos publicados, no me identifico como escritor. Y más extraño aún, aunque he estado severamente limitado en mis actividades físicas durante más de 20 años debido a una condición crónica de mi sistema inmunológico, todavía me veo como atleta. En realidad, no importa cuál de nuestras identidades tenga sentido; lo que importa es cómo estamos ligados a ellas en nuestra necesidad de definirnos.

Nuestras autoimágenes e identidades se convierten en parte integral de las historias que tejemos sobre nosotros mismos. Casi siempre estas historias son versiones distorsionadas de la realidad sobre quiénes realmente somos o cómo nos estamos sintiendo: nuestra historia, nuestras victimizaciones, por qué estamos enojados y así sucesivamente. Percibimos que estamos atrapados en una historieta cuando nos decimos a nosotros mismos: "Soy inútil", o "Estoy deprimido", o "La gente debería gustarme". Claramente estamos atrapados en historias cuando decimos "Soy así porque..." y culpamos a alguien, nuestros padres por ejemplo, o a algo que nos sucedió. También podemos percibir que estamos envueltos en una de nuestras historias cuando pensamos "Soy el tipo de persona que..." o "No soy el tipo de persona que...". Por ejemplo, "Soy el tipo de persona que tiene que estar sola" o "No soy el tipo de persona que puede ser disciplinada". El punto es que la mayoría de nuestras historias son autoengaños generados solo con un lado de la verdad: solo el lado que nos vimos y sentimos en ese momento determinado. Pero vivir desde estas historias y eventos solo nos aleja de vivir una vida más auténtica.

Otro ejemplo de vivir desde historias es permanecer con nuestras creencias, muchas de las cuales son solo ilusiones. Por ejemplo, muchos de nosotros tenemos la creencia de que estamos en control o de que podemos estarlo. Mantenemos este comportamiento porque el miedo a perder el control es uno de nuestros mayores miedos. Incluso cuando vemos toda la evidencia en contra, continuamos viviendo nuestra ilusión cotidiana de estar en el asiento del conductor. En realidad, muchas de nuestras personas se basan puramente en estas ilusiones. Un caso a mencionar es el de creer que si mantenemos la conducta de agradar a otros, estaremos lejos de pasar por la desaprobación ajena. O si mantenemos la conducta de intentar siempre más, llevaremos nuestra vida como planeamos. El punto es que cada creencia que sostenemos, como la ilusión del control o de ciertas conductas, termina definiéndonos y limitándonos de tantas maneras que ni siquiera podemos percibirlo.

Otra ilusión universal es la creencia de que lo que "sabemos" es "La Verdad". Creemos ciegamente en nuestros pensamientos y opiniones, generalmente sin ni cuestionarlos, olvidándonos de cuán relativos, defectuosos y limitados son. Cuando tenemos una opinión sobre alguien o algo, difícilmente consideramos que es solo una opinión. La ilusión, o el autoengaño, es lo que estamos creyendo que es puramente "La Verdad". Aunque parezca insano guiarnos solo por nuestros pensamientos, lo hacemos todo el tiempo. Creemos ciegamente en lo que queremos creer: la mayoría de las veces ni siquiera consideramos otras posibilidades. Como claramente podemos engañarnos sobre cualquier cosa, practicar y procurar tener una autobservación honesta es un método para vivir libre de ilusiones, particularmente las ilusiones que dictan y rigen nuestra vida de cierta manera.

Quizás la historia más relevante y profunda que nos contamos a nosotros mismos es aquella de que somos un Ser único y permanente. Cuando una simple observación nos muestra que somos una colección de varios "yos" y personas. Cuál "yo" predomina depende de cuál autoimagen o identidad nos aferramos en ese momento, aliados a otras creencias y costumbres que estemos manteniendo. El humor en que estamos también determina cómo vemos las cosas: si estamos de buen humor, ciertas personas pueden parecer agradables, pero si el humor no es bueno, las mismas personas pueden ser bastante irritantes. O un ejemplo más tangible: podemos vernos como confiables y justos, y estar convencidos de que nunca más vamos a tomar ciertas actitudes, como beber o comer demasiado. Pero dos horas después, podemos encontrarnos haciendo exactamente aquello que habíamos jurado nunca más realizar. Son versiones del "yo" que no están en contacto unas con otras, mostrándonos que nuestras anteojeras psicológicas están más activas y presentes de lo que pensamos.

Con estos y tantos otros ejemplos que vivimos todos los días, ¿cómo podemos continuar creyendo en la historia de que somos un Ser único e inmutable? En realidad, toda la noción de que lo que somos son solo algunas historias limitadas de un "yo" es quizás la mayor ilusión que la práctica espiritual señala. Es por eso que uno de los enseñanzas más profundas es que no necesitamos ser nadie especial. En otras palabras, ser internamente libre significa no vivir rehenes de autoimágenes ni de identidades; no debemos sentirnos de una manera estándar sobre las cosas; no debemos guiarnos por las historias que nos contamos a nosotros mismos, historias que dictan quiénes somos y cómo debemos vivir.

Para experimentar la libertad de tener una vida más auténtica, es absolutamente necesario que abandonemos nuestras historias e ilusiones. Esto no es nada fácil de hacer, pero nos ayuda a tener la experiencia de cómo vivir más auténticamente. Primero, vivir auténticamente significa vivir con honestidad: estar dispuesto a ver nuestras propias ilusiones y errores; cuestionar nuestras autoimágenes e identidades; examinar las historias que tejemos sobre nosotros, incluyendo las historias sobre nuestro pasado y sobre quiénes somos. Muchas de nuestras convicciones, ideales y "deberes" son solo construcciones mentales nacidas de nuestro condicionamiento. ¿Tenemos el coraje de ver las cosas por lo que realmente son? ¿Podemos lograr la libertad de no mirar más las viejas historias como cimientos?

Tenemos que percibir cómo nuestras identidades, convicciones e historias moldean y sostienen nuestro sentido de propósito e importancia que nos hace sentirnos diferenciados y especiales. Contamos con estos accesorios para sentirnos sólidos y seguros. Cuando perdemos algunas de estas piezas, como perder el empleo, por ejemplo, o terminar una relación, naturalmente pasamos por angustia. Sin nuestro apoyo familiar, nos quedamos solos con nosotros mismos, que es un escenario angustioso. Entonces intentamos llenar nuestra vida con negocios y tareas, así como también con distracciones y entretenimientos, para garantizar que nunca nos quedemos solos con nosotros mismos. No queremos sentir el vacío. Algunas personas pasan por esto incluso cuando no tienen planes para su día. Cuando despiertan, en lugar de aspirar a pensamientos relajantes y positivos, hay solo sentimientos de pérdida: "¿Quién voy a ser? ¿Qué voy a hacer?" Esto muestra que el don de estar en paz consigo mismo no está siendo cultivado.

Cuando vemos a través de nuestras identidades, autoimágenes e ilusiones, estamos cada vez más y más libres de que estas condicionen nuestras vidas. Esto es lo que significa, en parte, vivir auténticamente: no dejarse llevar por engaños e ilusiones. Pero para estar libres de esto, primero tenemos que poder verlas con claridad y precisión. Esto requiere que seamos totalmente abiertos con nuestra vida: estar dispuestos a enfrentar cosas que nunca quisimos enfrentar. Esto incluye nuestros miedos al rechazo e inutilidad y nuestras incertidumbres. Ser abierto, ser presente, nos permite que no vivamos más dormidos por la vida buscando comodidad o aprobación: la oportunidad de dejar de vivir con la ilusión de que nuestro tiempo es infinito.

Si aspiramos vivir de forma más auténtica, es importante no aspirar a metas irreales, como el ideal de que siempre debemos estar presentes o de que seamos capaces de abandonar todas nuestras autoimágenes. Eso sería una posición moral simplista. Una posición más saludable sería intentar vivir de forma más honesta y más despierta. Y también ser más bondadosos con nosotros mismos cuando fallemos, como cuando no nos miramos con la debida honestidad, cuando perdemos tiempo en lugar de meditar o cuando culpamos y nos irritamos con otros por nuestros problemas y mal humor. Sentir culpa cuando vacilamos es innecesario y no nos ayudará de forma alguna. Lo que puede ayudar es ocasionalmente sentir el remordimiento de no vivir con nuestro verdadero corazón y mente, de estar yendo en el camino contrario de nuestra aspiración de vivir más despiertos.

A lo largo del camino de la práctica, vamos dejando de vivir desde nuestra autoimagen y de nuestras tantas historias y pasamos a vivir más desde nuestros valores más internos y de nuestro yo más auténtico. Cuando pienso en los maestros que tuve y más admiré, los valores que se destacan son la honestidad al mirar la vida; no aceptar la autocomplacencia; vivir con presencia, tranquilidad y fuerza interna; y vivir con aprecio y cordialidad: todos estos factores contribuyen al contentamiento verdadero. Lo que obstaculiza el desarrollo del viaje de nuestro yo auténtico es la insistencia en etiquetarse e identificarse con los pequeños "yos", solo para sentirnos especiales o diferenciados de cierta manera.

Abandonar nuestras etiquetas con los pequeños "yos" requiere coraje, porque tenemos que liberarnos de la complacencia de lo conocido. Una estudiante me contó una vez cómo estaba apegada a su vanidad, al punto de pensar constantemente en qué se iba a poner y cómo se vería. Le sugerí que tuviera una "semana de mal cabello", en la cual conscientemente y a propósito haría que su cabello no se viera bonito y arreglado, justamente para ayudarla a liberarse de lo que otros piensan. Tuvo bastante resistencia a esa idea, pero después de intentarlo algunas veces lo encontró tan liberador que comenzó a hacerlo ocasionalmente también con su ropa, no vistiéndose tan bien en ciertos días. No necesitar actuar o parecer de cierta forma nos da un sabor de la libertad de no tener que ser nadie en especial.

Me acuerdo de cuando una de mis hijas comenzó a entusiasmarse en vestirse, tenía alrededor de cinco años en esa época. Se ponía cuatro o cinco ropas de las que más le gustaban al mismo tiempo, una encima de la otra, al punto que podías ver algunas partes de todas las ropas. El problema, desde el punto de vista de mi mente pequeña, era que se veía muy extraña, y yo me sentía un poco avergonzado. Pero ella estaba tan animada sobre su look que comencé a mirarla de otra forma, y percibí que había creado su propia estética, lo que era muy agradable. El punto es que, de una manera muy simple, estaba viviendo de forma auténtica: no de acuerdo a las convenciones de cómo debería vestirse, sino de acuerdo a su propia conciencia. Lo que es triste es que vamos perdiendo esa forma de pensar conforme nos hacemos mayores y queremos cada vez más adaptarnos y parecer "correctos". Nuestras autoimágenes se convierten en nuestros amos.

Uno de mis aforismos favoritos dice: "Abandonando nuestras fachadas, nuestras identidades, nuestras historias, ¿qué queda? Solo el ser."

Esto se vuelve más difícil cuando nos acercamos a casa y a nuestras bases. Un ejemplo es la canción "Imagine" de John Lennon: "Imagina que no hay países... Nada por lo que matar o morir / Y tampoco religión." Estaba describiendo la libertad de abandonar nuestros preceptos, incluso aquellos que tenemos como más ciertos, como nuestra nacionalidad y visión religiosa. O nuestras fachadas y autoimágenes más cultivadas. O las historias que llevamos como "la verdad": como aquellas "Necesito a alguien para cuidarme", o "La vida es muy difícil", o "Soy inútil". Una excelente pregunta para hacernos es: "¿Quién sería yo sin esta historia? ¿Sin esta creencia? ¿Sin esta identidad? ¿Sin este miedo?" La pregunta requiere coraje, pues tenemos que mirar más allá de la seguridad de lo conocido y lo familiar. Vivir solo desde esa seguridad es peligroso para cualquiera que quiera vivir una vida auténtica.

La honestidad y la precisión también son requisitos necesarios para vernos profundamente, pues terminamos identificándonos con estas visiones, historias y autoimágenes como verdades indiscutibles. Estas cosas actúan como una barrera para que vivamos nuestro estado más natural, nuestro "yo" más auténtico. Este es el por qué se coloca tanta énfasis en la autobservación objetiva. Especialmente cuando nos estamos sintiendo en pleno malestar, debemos preguntarnos: "¿Cuál es el pensamiento en el que más estoy creyendo en este exacto momento?" Tan pronto como veamos el pensamiento claramente, nuestra identificación con cierto estado emocional comienza a extinguirse. Para reducir aún más estas identificaciones engañosas, podemos etiquetar nuestras experiencias y hacerlas más objetivas. Como ejemplo, si nos vemos heridos o con miedo de alguna forma, en lugar de pensar "Estoy mal" o "Tengo miedo", podemos pensar "Hay dolor" o "Hay miedo." De esta forma no estamos más asociando un "Yo" con dolor o con miedo. Podemos usar esta técnica incluso con malestar físico. En lugar de decir "Tengo dolor de cabeza" o "Me duele la espalda", podemos decir "Hay dolor." Al usar este enfoque simple, comenzamos a liberarnos de la intensa identificación que asociamos con nuestras emociones e incluso con nuestro cuerpo. A veces, solo repetir "No ser nadie en especial" puede ayudar a romper estas identificaciones con cualquier emoción o historia a la que estemos apegados.

Una vez que pasamos por el análisis de nuestros pensamientos, para liberarnos aún más completamente debemos traer mindfulness a la sensación de percibir cómo físicamente reaccionamos a un estado de apego al "yo". Nos preguntamos: "¿Qué es esto?" o "¿Cuál es esta experiencia?" Entonces enfocamos como un láser en esa experiencia subjetiva de vivir al margen de la perspectiva limitada del "Yo, Yo, Yo". ¿Cómo se siente, de una manera muy específica, cuando estamos bajo esa opinión? ¿Cómo se siente cuando estamos ligados a esa autoimagen o a una emoción?

Cuando hacemos esto repetidamente, el concepto de quiénes somos, atado a tantas otras historias, va perdiendo toda su carga. Ocurre una transformación de nuestras personas a una experiencia más viva y auténtica de la realidad. Cuando traemos conciencia y cuestionamiento a nuestras autoimágenes, comienzan a perder el poder sobre nosotros. No sentirse especial o no intentar diferenciarse significa que estamos cada vez más cerca de estar plenos con nuestra propia existencia. Es decir, no más sentir la compulsión interna de vernos o ser vistos de cierta forma. El resultado es la humildad en su forma más pura: no ser nadie en especial.

Ser nadie en especial significa que estamos libres de la ilusión psicológica del "Yo soy Así". No nos vemos más como un ser único y separado del mundo a nuestro alrededor. Si no nos aferramos a opiniones o visiones en particular, o a los traumas e historias del pasado que usamos para definir nuestro "yo", ¿qué queda? La presencia. El ser en su forma más pura. Esto nos da la experiencia de ser nuestro yo más auténtico, con la sabiduría interna de que estamos siendo. Siendo nosotros mismos, mucho más allá de nuestras autoimágenes, de nuestras historias y de nuestro cuerpo.

Podemos comenzar a relacionarnos e identificar las nubes del "yo mismo" como solo nubes. No necesitamos intentar detener las nubes ni nuestros pensamientos. No se van, pero hay una vasta diferencia entre identificarse con las nubes e identificarse con el vasto cielo en el que las nubes eventualmente aparecen. Identificarse con la presencia de solo ser, en lugar de identificarse con las innumerables imágenes e identidades que tenemos, es como identificarse con el cielo, y tener conciencia de que las nubes vienen y van. Cuando nuestra conciencia se expande, nuestra conexión con la vida se vuelve perceptible y se convierte en más que un simple entendimiento intelectual.

Artículo publicado originalmente en inglés en la revista Tricycle.