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¿Es posible amar sin apego?

Por Robina Courtin

Primero que nada, creemos que el amor y el apego significan lo mismo. Pero necesitamos comprender que el apego es nuestra parte necesitada, neurótica e insatisfecha que anhela a alguien afuera, creyendo que cuando lleguemos a esa persona, seremos felices.

El amor, por otro lado, se refiere a una parte altruista de nuestro ser: una conexión con los otros, el deseo de que sean felices, y deleitarse con su bienestar. Tenemos ambos, por supuesto, pero es difícil ver la diferencia. Son como leche y agua mezcladas. Si hay alguna alegría en nuestra relación, es por causa del amor. Si hay rabia, dolor, envidia y todo lo demás, es el resultado del apego. Pero es tan difícil verlo.

El apego es una palabra tan simple, pero tiene muchas facetas. En el nivel más fundamental, es ese sentimiento de carencia dentro de nosotros; esa creencia de que de alguna manera no soy suficiente, no tengo suficiente, y no importa lo que haga o lo que tenga, nunca es suficiente. Entonces, por supuesto, porque estamos tan convencidos de que esto es verdad, anhelamos a alguien afuera, y cuando encontramos a esa persona que despierta nuestros buenos sentimientos, nos apegamos a la idea de tenerla para nosotros, convencidos de que van a llenar nuestras necesidades y hacernos verdaderamente felices y contentos. Asumimos que son nuestra posesión, casi una extensión de quiénes somos.

"El apego dice: te amo, por eso quiero que me hagas feliz. Y el amor genuino dice: te amo, por eso quiero que seas feliz. Si eso me incluye, ¡excelente! Si no me incluye, solo quiero tu felicidad. Sabes, el apego es como agarrar con bastante fuerza. Pero el amor genuino es como sostener con mucha ternura, nutriendo, pero dejando que las cosas fluyan. No es quedarse atrapado con fuerza. Pero es muy difícil para las personas entenderlo, porque piensan que cuanto más se agarran a alguien, más demuestra que se importan por el otro.

Cualquier tipo de relación en la que imaginemos que podemos ser llenados por la otra persona será ciertamente muy complicada. Cuanto más agarremos al otro con fuerza, más sufriremos."

—Jetsunma Tenzin Palmo

La fuente de la infelicidad

Este apego es la fuente de todas nuestras otras emociones infelices. Porque está desesperado por conseguir lo que quiere, en el momento en que no lo consigue (el momento en que no llama o llega a casa tarde, o mira a otra persona), el pánico surge e inmediatamente se transforma en rabia, luego en celos o baja autoestima, o en cualquiera de nuestros viejos hábitos que solemos manifestar. De hecho, la rabia es la reacción cuando el apego no consigue lo que quiere. Todos estos supuestos están tan profundamente enraizados dentro de nosotros, y creemos totalmente en estas historias, que parece ridículo cuestionarlas. Pero necesitamos hacerlo. Y la única manera en que podemos hacerlo es conociendo nuestras propias mentes y sentimientos: en otras palabras, necesitamos aprender a ser nuestros propios terapeutas.

El hecho es que el apego, la rabia, los celos y cualquier otra emoción aflictiva no están grabados en piedra; son viejos hábitos, y sabemos que podemos cambiarlos. El primer paso es estar seguros de que, conociendo bien nuestras propias mentes, podemos aprender a distinguir las varias emociones dentro de nosotros y, gradualmente, aprender a cambiarlas. El primer desafío implica realmente creer que puedes hacerlo. Y eso solo, ya es algo enorme: sin esa confianza, estamos atrapados y estancados.

El siguiente paso es dar un paso atrás de toda la conversación sin fin en nuestras mentes. Una manera muy simple de hacerlo (es tan básico que es aburrido) es, solo algunos minutos todas las mañanas, antes de comenzar nuestro día, sentarse y enfocarse en algo. La respiración es un buen comienzo. No es nada especial; no hay ningún truco; no es algo místico. Es una técnica psicológica práctica. Con determinación puedes decidir tener mindfulness en la respiración: en la sensación en tus fosas nasales mientras inhalas y exhalas. En el momento en que tu mente divague, trae tu enfoque de vuelta a la respiración. El objetivo no es hacer que los pensamientos desaparezcan; es no involucrarse con ellos, y aprender a dejarlos ir y venir.

El resultado a largo plazo de una técnica como esta es una mente muy enfocada, y esto llevará tiempo. Pero el beneficio casi inmediato será que, a medida que experimentamos dar un paso atrás de todas las historias en nuestra cabeza, comenzaremos a ser objetivos sobre esas historias y lentamente empezamos a deshacer, deconstruir y, eventualmente, cambiarlas. Se dice que uno de los signos de que estamos yendo bien en la práctica es tener la impresión de que estamos cada vez peor. Pero no es así. Estamos comenzando a escuchar las historias de forma más clara, y es entonces que podemos comenzar a cambiarlas.

Texto de Robina Courtin, publicado originalmente en inglés

"Podemos confundirnos y pensar que el otro es la fuente de nuestro deleite: la píldora de amor a ser tragada. El amor mal entendido se convierte en apego obstinado. Creemos que el objeto de nuestro amor es una fuente permanente de alegría. Volvemos y continuamos queriendo más. Estamos confundiendo amor con fijación, que trae sufrimiento, no alegría. La fuente de alegría permanente es nuestro amor, no la otra persona.

Estar enamorado de alguien en particular nos ayuda a conocer la alegría que emana cuando cuidamos la felicidad de otros. Pensamos en cómo hacer a la persona feliz: qué darle, qué decirle, qué hacer. Pero el verdadero amor no depende de ningún objeto. El verdadero amor es la energía natural de la mente estabilizada, un recurso inagotable que cultivamos."

—Sakyong Mipham Rinpoche