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El relato de un retiro de 10 días de meditación

Por Eliane Brum

Esta es la historia de una aventura que desafía los límites del cuerpo y la mente. La reportera de ÉPOCA hizo un retiro de meditación, en el interior de Río de Janeiro. Fueron diez días sin hablar, leer o escribir, más de cien horas inmóvil. El objetivo del curso era cambiar el funcionamiento de la mente para eliminar el sufrimiento. De los 61 participantes, cinco desistieron en diferentes etapas del recorrido. A continuación, el relato de ese largo viaje por la geografía interior

Hacia donde fui, solo había mapa para llegar al punto de partida. Me dejó en una pequeña ruta de tierra, en el interior del municipio de Miguel Pereira, en la región serrana de Río de Janeiro. En la puerta estaba escrito: “Meditación Vipassana”. Como yo, otras 60 personas desembarcaron de diferentes geografías para el inicio de un viaje capaz de cambiar la vida de todos. Algunos eran estadounidenses, había latinos de diversos países, brasileños, la mayoría. Durante diez días, no podría hablar con mis compañeros de jornada. Ni mirarlos, mucho menos tocarlos. Solo llegaría al final quien consiguiera olvidar que existían otros viajeros. Cuando la travesía terminó, cinco personas, tres hombres y dos mujeres, habían quedado en el camino.

Para ser aceptado en esa excursión de diez días, cada uno de nosotros firmó un compromiso: no robar, no matar ningún ser vivo (incluyendo cucarachas y mosquitos), no mentir, no hacer sexo (ni siquiera del tipo que se hace solo), no usar sustancias como alcohol, drogas o medicamentos.

Antes de iniciar la expedición, abandonamos todo lo que nos ligaba al mundo exterior. En lugar de llevar el equipaje, tuvimos que dejarlo. Mi legado consistió en lo siguiente: el libro que comencé a leer en el puente aéreo São Paulo-Río de Janeiro (El Hombre Común, de Philip Roth), un bloc de anotaciones, dos bolígrafos, una agenda de teléfonos, celular, fotos de la familia, dinero, cheques y tarjetas de banco y de crédito, carnet de identidad.

Y algunos objetos de superstición que yo, agnóstica desde los 11 años, suelo llevar por precaución científica: mi mantis de la suerte (de goma), medallitas de San Francisco de Asís y Nuestra Señora de Fátima, una piedra del Desierto del Sahara y un pequeño Golem (personaje de la mitología judía).

Durante diez días viajaríamos siempre hacia lejos y hacia adentro, pero sin salir del lugar. En la ventana, el mismo paisaje de hoja de calendario: montañas, árboles, viento y silencio. Parecía que el mundo comenzaba y terminaba allí. Confinados en un espacio de cerca de 200 metros, los días tendrían tres escenarios: el comedor, el alojamiento y la sala de meditación. Hombres y mujeres no se cruzarían en camino alguno. En las fronteras invisibles entre los sexos, placas de madera advertían: “límite”.

Para mí, permanecer en silencio por diez días era la parte más cómoda del itinerario. Soy tímida. Observo mucho más de lo que hablo. Soy gruñona al punto de creer que hay exceso de ruidos en el mundo, mucha gente hablando todo el tiempo, diciendo casi nada, ni siquiera escuchándose a sí misma. Lo que me asustaba era la inmovilidad física que el viaje exigía. Sabía que tendría que pasar 12 horas al día sentada, columna erguida, cabeza firme sobre el cuello. En diez días serían 120 horas en la misma posición, el equivalente a un curso básico de inglés.

Mi récord de meditación eran 15 minutos en las clases de yoga. No soy atleta, pero hago ejercicio con regularidad desde hace años. Había terminado hace pocos meses un tratamiento en la columna lumbar y estaba muy satisfecha de poder estornudar sin sufrir. A los 41 años, sin dolores, sin equipaje y sin palabras, estaba lista para comenzar a desconectarme de un mundo y entrar en otro.

Y entonces sonó la campana. Eran las 4 de la madrugada del día 1. Compartía un cuarto pequeño, ocupado por una cama y un camarote, con dos mujeres. Antes de que saliera el sol, encontraba otras 28 compañeras en el baño colectivo en silencioso mal humor. Un día una de ellas se miró en el espejo, se jaló el cabello hacia arriba y, con la mirada vidriosa, se dijo en voz alta: “Te estás volviendo loca”. Después, en el comedor, miró la banana que comía y tuvo un ataque de risa.

A las 4h30, estábamos sentadas en el piso, sobre una fina colchoneta, cada una en su lugar determinado. El profesor entró en la sala y se sentó en posición de loto sobre una tarima. Era delgado, alto y calvo. Gasté un tiempo considerable pensando con cuál personaje de animación se parecía, pero no llegué a ninguna conclusión. Extendió el brazo y encendió un aparato de CD. Escuché, por primera vez, la voz del maestro de origen indio S.N. Goenka hablando en un inglés cargado. Después, sus instrucciones eran traducidas al portugués en otra grabación.

En la primera instrucción, Goenka mandó... respirar.

Inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira.

Un minuto. Si el párrafo anterior se repite 660 veces, es posible tener una idea aproximada del primer día del curso de meditación vipassana. El estreno ocuparía 134 páginas de revista, una edición de ÉPOCA entera, llena solo con la observación del “aire que entra, el aire que sale; así como entra, así como sale”.

La tarea era solo observar la respiración, con los ojos cerrados, sin interferir. Desde el primer día, somos enseñados a observar “la realidad como es”. Mi gran descubrimiento en ese estreno fue percatarme de que el aire no entra siempre por las dos narinas y sale por las dos, sino que a veces entra por la derecha y sale por la izquierda. O viceversa.

Eso fue instigante en los primeros cinco minutos. En los otros 640, tuve que vencer el aburrimiento y la somnolencia, no siempre con éxito. La agenda era rígida e inmutable: despertar a las 4 horas; de 4h30 a 6h30, meditar; de 6h30 a 8 horas, desayunar; de 8 a 11 horas, meditar, con un intervalo de diez minutos; de 11 a 12 horas, almorzar; de 12 a 13 horas, inscribirse, si quería, para hacer preguntas privadas al profesor; de 13 a 17 horas, meditar, con dos intervalos de diez minutos; de 17 a 18 horas, merendar; de 18 a 19 horas, meditar; de 19 horas a 20h15, escuchar una conferencia en la misma posición de meditación; de 20h15 a 21 horas, meditar siguiendo nuevas instrucciones; de 21 horas a 21h30, hacer preguntas públicas al profesor. De 21h30 a 22 horas, prepararse para dormir. A las 22 horas, la luz se apagaba.

Y todo recomenzaba a las 4 de la madrugada del día siguiente, con la campana. Y con la campana todo terminaba, 18 horas después: diez horas y 45 minutos llenos de meditación, una hora y 15 minutos de conferencia y seis horas para comer, bañarse y descansar. La campana marcaba los horarios de inicio y fin de las meditaciones, inicio y fin de los intervalos y también las comidas. Era el sonido de la vida en el retiro.

A las 4 horas, me retorcía dentro del saco de dormir. Daba, literalmente, el primero de una serie de gritos silenciosos. Me sentía el cuadro más famoso de Edvard Munch. Por la noche, yo, una insomne crónica, dormía en el minuto en que me acostaba. Nunca había pensado que observar la respiración pudiera ser más extenuante que un cierre de revista. O una rave. Pero lo era. Muchos piensan que la meditación es un descanso, una relajación. Descubrí que era una maratón de la mente. Yo estaba inmóvil, pero dentro de mí parecía que corría descalza la carrera de San Silvestre.

En la última meditación de la noche, recibíamos las nuevas instrucciones. La noche 1, supe que en el día 2 observaría “el pequeño toque del aire al entrar por las narinas”. Sin interferir. Puede parecer increíble, pero yo ansiaba ese momento: pasar de la observación del aire que entra y el aire que sale al toquecito en la nariz era un instante de gran dinamismo.

Descubrí que no tenía ningún control sobre mi mente. Parece obvio, pero creer que controlamos nuestra vida es una de las grandes ilusiones contemporáneas. Y siempre la tuve en alta estima. Mantener la mente en el exacto momento presente es un desafío: en general, estamos en el pasado (nostálgicos o lamentosos) o en el futuro (anticipando catástrofes o postergando posibilidades). Aquí, ahora, poco estamos.

Desde el inicio, Goenka, el maestro de vipassana, pedía que cada alumno diera “una oportunidad justa a la práctica”. Su propuesta era similar al método científico. No creas, duda. Prueba. Pero hazlo con rigor para que los resultados sean confiables. Me pareció una propuesta honesta. Era una investigación poco ortodoxa, pero me dediqué a ella con el mismo rigor de un reportaje sobre robo de tierras en la Amazonía o crímenes en internet, dos temas más familiares a mi vida de reportera.

En el segundo día, eso significaba obligar a mi mente a volver al toque del aire entrando por la nariz cada una de las centenas de veces en que decidía tomar una ruta alternativa sin consultarme. La concentración transformó mi mundo en una especie de película de Zhang Yimou, el cineasta chino que filma como un pintor impresionista. En sus imágenes cada hoja tiene matices, textura, es parte de un conjunto armonioso. Percibía el viento en cámara lenta, la luz filtrada por las nubes en el cielo. Inicié una exploración sin palabras, por los sentidos. Captaba a las mujeres a mi alrededor sin oírlas. Por algunas, tuve una aversión instintiva. Otras me despertaron ternura y una afinidad profunda.

En el tercer día, debíamos prestar atención al triángulo cuya base está formada por el labio inferior, y cuyo vértice por el final de la nariz. Nuestra misión era percibir cada sensación en esa área. Picazón, calor, frío, adormecimiento, presión, dolor. Sin juzgar. Y sin apego. Observaba una picazón en la punta de la nariz, luego la abandonaba por un adormecimiento en el labio inferior, y así sucesivamente. En la hora del almuerzo, mi nariz sangró. No le presté mucha atención porque tenía hambre.

En esos primeros días, yo era muy dedicada a la comida, me apresuraba a ser la primera de la fila. Hacíamos dos comidas y una merienda. Toda la alimentación era vegetariana. Yo, una comilona convencida, me había despedido del mundo exterior con una feijoada. A la medianoche, había devorado una caja de bombones. Era mi estrategia para enfrentar tiempos de Scarlett O’Hara, la heroína de Lo que el viento se llevó. En el retiro, comencé comiendo todo lo que me ofrecían, desde una papilla sin identificación hasta berenjenas.

En el tercer día, cuando me acosté al sol después de un delicioso arroz integral con lo que pareció ser carne de soja, percaté que una hormiga estaba atrapada en la manta. Intenté liberarla, pero en el afán heroico de salvarla debo haberme excedido, porque desencarné. Ese cadáver me dolió más que cualquier crimen del pasado. Homicidio culposo, definí. No hubo dolo, intención. ¿Debo hacer un reporte?

Me debatí por algunos minutos con esa cuestión. Después de todo, había firmado el compromiso de no matar ningún ser vivo. El día anterior, había capturado una peligrosa araña marrón que paseaba por el colchón. Corrí riesgo para devolverla al monte sana, salva y letal. Y ahora esa fatalidad. Decidí entonces abstenerme de una confesión pública. Compensaría mi crimen cuando saliera de allí. Le daría inmortalidad a la hormiga. Creé un argumento para una película en la que ella sería el personaje principal. Haría un guión para una animación de Pixar.

Sería así. Insectos nacidos y criados en el Parque del Ibirapuera, en São Paulo, están cansados de enterrar cadáveres aplastados por tenis aerodinámicos. Descubren, entonces, que existe un lugar donde matar insectos es contra la ley, crimen castigado con sufrimientos atroces en las 20 encarnaciones siguientes. Parten en busca de la tierra prometida y, después de una serie de tribulaciones, alcanzan el templo budista. Era todo lo que habían prometido, pero el lugar estaba infestado de predicadores que descubrían cada día un demonio nuevo en el cuerpo de la hormiga y sus amigos. Incapaz de soportar otro exorcismo sin reír, mi hormiga se convertiría en líder de un movimiento por el Estado laico. Interrumpí en ese punto porque sonó la campana llamando a la meditación. En el momento, me pareció un réquiem genial para la hormiga. Ahora, con la saludable distancia de los días, comienzo a aceptar la idea de que Pixar tal vez no perciba el brillo del argumento.

En el intervalo siguiente recordé que a los 9 años había escrito mi primera novela después de aplastar una cucaracha bebé. Yo no era delincuente primaria, entonces. Tenía antecedentes. Todavía había sangre en mis manos cuando comencé a imaginar el dolor de la madre cucaracha volviendo del trabajo con la cena y encontrando el cuerpo del hijo, tendido en medio de la acera del corredor allá en casa. En la novela, expiaba la culpa retratándome como una asesina “fría y calculista” porque aún no conocía la palabra “psicópata”. Llamé a la “obra” “Autobiografía de una cucaracha” y, por haberla cometido, merecía la silla eléctrica. Estaba en ese punto de mis recuerdos cuando sonó la campana para más meditación.

Esa era mi situación en el tercer día.

En el cuarto, a cada intervalo emergían de mi inconsciente recuerdos que no sabía que tenía. Gente que había olvidado, episodios borrados. Algunos dramáticos, otros sencillos, un repertorio bien variado. Recordé, por ejemplo, a Chico, un niño con discapacidad que estudiaba conmigo en primer grado. Le caía bien porque yo era la única compañera que hablaba con él. Un día vino a jugar conmigo y, en un arrebato de amor, me tiró el columpio en la cabeza, causando conmoción en la escuela.

Esas imágenes emergieron de mí como una película remasterizada. Me sentí mal porque tenía vergüenza cuando Chico decía que yo era su novia. A los 7 años, no quería ser novia de un niño “diferente”. Recordé a su hermana, que estudiaba en la misma clase y pasaba todo el tiempo sola. Tuve vergüenza por no ser tan genial como Chico creía que yo era. Cosas así surgían todo el tiempo. Listo, abrieron las puertas del infierno, pensaba.

La tarea estimulante de ese período era observar las sensaciones que ocurrían en el ínfimo pedazo de piel entre el final del labio superior y el inicio de la nariz. Para “afinar la mente”, explicaba Goenka. Era domingo. Y era solo el primer domingo que pasaría allí. Más una semana entera vendría, y un feriado largo. Y yo seguiría no solo en el mismo lugar, sino en la misma posición.

A las 4h30 de la madrugada, sentada con las piernas cruzadas en la sala de meditación, intentando observar lo que sucedía en el espacio de 1 centímetro de largo encima de mi boca, debajo de mi nariz, por determinación de un indio que me daba órdenes en inglés por medio de un aparato de CD, tuve un pensamiento malo sobre mi jefe. Pero pasó.

En la tarde del cuarto día se cerró el período preparatorio. Habíamos aprendido una técnica de meditación llamada anapana, para domar una mente acostumbrada a ir adonde bien le place, enseñarle a obedecernos y hacerla capaz de percibir sensaciones muy sutiles en espacios muy pequeños del cuerpo.

Hasta entonces, estaba permitido mover una mano o estirar una pierna, abrir los ojos por un momento, si lo necesitaba mucho, ir al baño. En vipassana, deberíamos intentar no mover piernas y brazos durante las instrucciones y, hasta el fin del retiro, pasar una hora, tres veces al día, absolutamente inmóviles. Y, en las demás, intentar movernos lo mínimo posible. Según Goenka, una hora sin movimiento es el mínimo necesario para alcanzar niveles más profundos del cuerpo.

La meditación vipassana consiste en observar las sensaciones de cada milímetro del cuerpo: comenzamos por la parte superior de la cabeza y vamos bajando, máximo un minuto en cada lugar, hasta llegar a los pies. Repetimos ese itinerario interno cientos de veces, hora tras hora, de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba.

En ese momento recordé otro viaje insólito, el del francés Xavier de Maistre, en 1790. Era un explorador de geografías peligrosas. Pero esa primavera, vistiendo un pijama de algodón rosa y azul, emprendió lo que llamó “Viaje alrededor de mi cuarto”. Más tarde, hizo aún una segunda etapa: “Expedición nocturna por mi cuarto”. De Maistre gastó un buen tiempo admirando la elegancia de los pies de su sofá, así como yo quedé extasiada con la cantidad de sensaciones en mi oreja izquierda.

De Maistre proponía una nueva mirada al paisaje supuestamente aburrido de lo cotidiano: la mirada del viajero, el sentido de lo extraordinario. Lo recordé al iniciar mi largo viaje cuerpo adentro. En mi primera hora, además de detectar las sensaciones del cuerpo, sentí los grandes tormentos que me acompañan la vida entera: el temor de no conseguir hacer algo (en ese momento, sentir las sensaciones), claustrofobia (en mi caso, pánico de quedar atrapada en la oscuridad de mi cuerpo), miedo a morir (tuve taquicardia y pensé que mi corazón dejaría de latir). Todo eso pasó por mi cabeza en menos de cinco minutos, en ese orden.

Percibí sensaciones en casi todo el cuerpo, me aterré con la oscuridad en los primeros minutos, pero no quedé atrapada dentro de mis entrañas, ni morí. Pasamos la vida sin percibir en el cuerpo nada más allá de las sensaciones obvias de placer o de dolor. En la senda cartesiana (“pienso, luego existo”), hicimos una escisión entre cuerpo y mente. En nuestra época, esa ruptura alcanzó su apogeo: el cuerpo fue reducido a poco más que un objeto de intervención, ejercitado o modificado para la mirada del otro; un extraño para nosotros mismos.

De repente, descubrí que un universo complejo me habitaba, con manifestaciones tan desconocidas que ni siquiera conseguía nombrar. Guardadas las proporciones, es como pasar la vida mirando el océano desde la playa y un día sumergirse. Sentí cierta euforia con ese nuevo mundo descubierto en el lugar más obvio e improbable. Como el ruso Yuri Gagarin, tuve ganas de gritar: “¡Mi cuerpo es azul!”.

Vipassana significa “insight”, “visión interior”. Según sus maestros, es la meditación usada por el propio Buda, 2.500 años atrás, en su búsqueda por la iluminación. Goenka es hoy el maestro de vipassana más conocido y el principal divulgador de la técnica por el mundo. En Brasil, vipassana apareció en 1994, y el primer centro en 2003. En los cursos, todo trabajo es voluntario, incluso el de los profesores, para “evitar explotación comercial”. Al final, los alumnos pueden donar cualquier cantidad o trabajo. O no dar nada.

La idea básica está presente en diferentes líneas del budismo: lo que nos hace sufrir es el apego. En la vida, el apego se manifiesta por una reacción de codicia o aversión. Queremos continuar sintiendo lo que nos da placer y no aceptamos sentir lo que nos causa algún tipo de dolor. Si aprendemos el arte del desapego, es decir, no codiciar el placer ni sentir aversión por el dolor, la fuente del sufrimiento se detiene. Para eso, necesitamos comprender que la vida es impermanencia. Que nada dura, ni el placer ni el dolor. Es necesario realmente entender que todo es efímero y, por lo tanto, solo la ignorancia nos lleva a cualquier tipo de apego, y al sufrimiento.

Vipassana es una práctica. Sin la práctica, los maestros creen que la filosofía se vuelve vacía, un ejercicio intelectual sin importancia. En el curso, se enseña que Siddhartha Gautama, el Buda histórico, habría percibido que cada reacción de aversión o codicia causa una especie de nudo en nuestro cuerpo. Y solo removiendo, físicamente, esos nudos, y no haciendo otros, podríamos parar de sufrir. Como técnica, vipassana puede ser usada por adeptos de cualquier religión o de ninguna.

Un ejemplo prosaico. Adoro comprar zapatos. Buda podría decir que no es el zapato que compro, y Karl Marx estaría de acuerdo... Lo que busco es repetir la sensación que siento al comprar un zapato. No percibo que, por más que gaste mi salario intentando transformar una sensación placentera en permanente, va a pasar y tendré que gastar más dinero para repetirla. Es codicia, es apego. Es ilusión.

Si Buda hubiera conocido ese mundo de consumo, probablemente lo vería como una fuente permanente de sufrimiento causado por la codicia. Nos convertimos en esclavos de las sensaciones, con todas las implicaciones en la vida que la esclavitud representa. Una persona puede pasar la vida en un empleo malo, pero con un buen salario, solo para tener la sensación efímera causada por el acto de consumo. O por el poder que un cargo de jefatura supuestamente le da. O por la sensación opuesta, pero igualmente de apego, que es aversión a la idea de que no sabe qué va a pasar si intenta algo nuevo en la vida.

Esa idea, la mayoría de nosotros ya la hemos oído por ahí o leído en un libro de autoayuda. Pero comprender algo intelectualmente es fácil. Cambiar es mucho más difícil. Quien hace años de terapia a veces se desespera porque ya entendió las razones que lo llevan a un tipo de comportamiento destructivo. Pero entender no es suficiente. Cambiar es el proceso más difícil en la vida, especialmente cambiar el funcionamiento de la mente desde que nacemos. Es ahí que entra la técnica de meditación vipassana.

En el quinto día, yo estaba encantada por las sensaciones recién descubiertas en mi cuerpo. Al punto de olvidar la parte principal y más difícil de la práctica: ser ecuánime. Observar, sin reaccionar, las sensaciones sutiles y también las groseras. En vipassana, esas son las dos únicas categorías para clasificar las sensaciones. No llaman sensaciones groseras a dolor ni dicen que un escalofrío de placer es bueno porque implicaría un juicio de la realidad, el inicio del apego.

El objetivo es aprender a mirar el placer y el dolor con la serenidad de quien sabe que tanto uno como otro van a cambiar, pasar. Eso no significa que nos volvamos una lechuga, solo que no es necesario volverse loco de alegría o desesperarse cuando algo sale mal. La verdadera felicidad, según vipassana, es la paz interior conquistada por la conciencia de que no podemos controlar ni el mundo ni los otros, pero podemos controlar cómo vamos a lidiar con el mundo y con los otros. Sin aversión o codicia, es posible vivir el presente sin ansiedad por el sufrimiento futuro o nostalgia por el pasado.

Todo eso yo lo escuchaba repetidamente en el curso, y entendía. Pero, hasta el quinto día, solo comprendí de la forma habitual: intelectualmente. Por la noche, experimenté lo que después el maestro llamaría “flujo”. Había sensaciones por todo mi cuerpo. Una corriente de energía subía y bajaba por él. Al salir de la sala de meditación, tuve una percepción del cielo estrellado similar a un viaje con alucinógenos. Entré en mi saco de dormir muy contenta conmigo misma y, por primera vez, ansiosa por la campana de las 4 de la madrugada.

Yo creía que ya sabía todo, pero en realidad había cometido un error primario: me había apegado a una sensación placentera y creía poder controlar la realidad para repetirla. Codicia.

Sonó la campana y, por primera vez, me levanté animada. Era el sexto día. En la primera hora sin moverme, comencé a tener un dolor fuerte en la espalda, justo debajo del hombro derecho. Primero, pensé que me había lastimado al estirarme cuando desperté. Al final de la mañana, el dolor aumentaba siempre que me sentaba y desaparecía después de algunos minutos acostada.

De nuevo, hacía lo opuesto a lo que me enseñaron: me había apegado a una sensación dolorosa e intentaba controlar la realidad para que desapareciera. Aversión.

Finalmente entendí: no me había lastimado, ese dolor era causado por permanecer sentada. Y, si esa era la razón, hice las cuentas, tendría cuatro días y medio más de sufrimiento, 54 horas de dolores horribles. Y, si estaba mal en ese momento, por la lógica empeoraría mucho porque continuaría en la misma posición.

Dije una mala palabra en perfecto silencio. Y lloré por primera vez. Percaté cómo había sido prepotente al imaginar que había alcanzado una especie de iluminación y por creerme tan importante por eso. Es difícil explicar, pero lloré por haberme percatado demasiado humana.

Por primera vez, me inscribí para hablar con el profesor, después del almuerzo. En ese momento, él queda sentado en la tarima y cada alumno, individualmente, se sienta en el piso ante él. Como discípulos, quedamos un nivel debajo del maestro. Dije: “Profesor, suelo soportar bien el dolor, pero estoy sintiendo un dolor muy fuerte en la espalda y sé que no va a mejorar porque voy a continuar sentada en la misma posición”. Me miró, abrió una amplia sonrisa, extendió esos brazos enormes y dijo: “Acepta el dolor”. Y me despachó.

Lo juro. Salí de allí creyendo que había dicho la cosa más inteligente que jamás había escuchado. El hombre es muy carismático, pensé. O estoy desarrollando un síndrome de Estocolmo, el afecto que la víctima siente por el secuestrador como un mecanismo para soportar la presión de estar en manos de un desconocido.

En la hora siguiente, continué sintiendo el dolor en la espalda, pero quedó pequeño ante el temblor involuntario del brazo derecho. Parecía tener dolorosa vida propia. Intervalo, merienda y, sí, no me preocupé más ni por el dolor en la espalda ni por el brazo derecho, porque la pierna izquierda palpitó durante una hora entera.

Aprendía que hasta los dolores son impermanentes, desaparecen, cambian de lugar. No hay forma de predecir qué va a pasar en la próxima meditación. Y, cuando pensaba que era posible predecir al menos que sentiría dolores, tuve una meditación llena de sensaciones deliciosas.

Vipassana enseña, de la forma más dura (e inolvidable), que existe una realidad interna a la cual nunca miramos porque fuimos enseñados a creer que todo sucede en el mundo externo. Segundo, que no controlamos ni la realidad externa ni la interna. Pero esa es una lección bien difícil de aprender en la práctica. Mi último pensamiento antes de dormir fue: creo que me acostumbré a la posición y no va a doler más.

Como de costumbre, estaba equivocada. En la primera hora de la meditación del séptimo día, tuve más dolores horribles en la espalda y el brazo derecho. Mientras intentaba concentrarme en cada parte del cuerpo, imaginé varias formas de escapar del dolor y me responsabilicé por él, si al menos hubiera traído un antiinflamatorio, todo estaría resuelto. Luego, una serie de gritos resonaba dentro de mi figura inmóvil: esta gente está loca, estas personas no son más que torturadores, esto aquí es una insanidad, no tiene ningún sentido, necesito escapar de este lugar a-ho-ra, ya.

En el intervalo, comprendí. Solo tenía dos opciones: o me iba, o tendría que vencer esa guerra librada en el territorio del cuerpo. Hacer las maletas y caer en un mundo que ahora me parecía muy cómodo era lo que una parte considerable de mí deseaba. Pero había otra que siempre fue más fuerte. No me gusta desistir y nunca dejé un reportaje a mitad de camino. La rigidez del curso de meditación se ajustaba perfectamente a mi forma de funcionar. Y quería mucho saber cómo terminaba todo esto.

Sentía placer al imaginar la secuencia de escenas: la recuperación del equipaje, el conductor llegando a recogerme y, en dos horas, la cerveza a la orilla de la playa, en Río. La vida que conocía. Casi podía sentir la cerveza bajando por mi garganta. Pero esa opción estaba excluida. Por mí.

Así, lo que me aguardaba era un desafío. Tendría que realmente comprender vipassana, comprender en la práctica, para parar de sufrir. Ese era el enseñanza completa. Tendría que sentir el dolor, o emoción grosera, y mirarla con “ecuanimidad”. Sin codicia, y sin aversión. Sin apego. Con la conciencia de que no puedo controlar la realidad, pero puedo controlar cómo voy a lidiar con la realidad.

En esa guerra en el territorio del cuerpo, el enemigo era yo. Parar de sufrir dependía solo de mí. Y acababa de descubrir que, al contrario de lo que creí hasta entonces, no era resistente al dolor. Siempre fui demasiado orgullosa para admitir que sentía dolor, porque siempre confundí fragilidad con fracaso. Lloré de nuevo. Esta vez, porque percaté que esa era la lucha más difícil.

Siempre tuve una enorme dificultad de aceptar la realidad. Por un lado, eso es excelente, porque hace andar, crear, transformar. Por otro, hay momentos en que no es posible cambiar la realidad, solo nos resta aceptarla. Pero, para eso, es preciso aceptar algo aún más difícil: nuestras limitaciones. Las mías, en el caso. Siempre me debatí mucho contra aquello que no podía cambiar. Mi omnipotencia llegaba al extremo de pensar que, si no conseguía cambiar algo, es porque no hice lo suficiente. Sabía mucho sobre luchar para cambiar algo, pero poco sobre aceptar lo que no podía cambiar.

Esta vez, no podría cambiar la realidad. Y, si seguía con mi omnipotencia, intentando encontrar un modo mágico de permanecer 12 horas al día en la misma posición sin sentir dolor, solo aumentaría mi sufrimiento. Decidí entonces aprender a mirar el dolor, o el placer (parece más fácil, pero no lo es), con la serenidad de quien sabe que es efímero. Ese día, fui la última en comer. Había perdido el apetito.

En el octavo día, en mi turno de hacer preguntas al profesor, dijo: “Acepta quién eres”. Fui a llorar en medio del monte. Era difícil mirarme a mí misma sin ninguna máscara. Lo que dijo puede ser una obviedad, pero sonó como una redención, porque comprendía no solo intelectualmente, sino en la práctica. Llevaba ocho días aislada dentro de mí, en los últimos tres había sentido dolores terribles, había perdido 3 kilos y encaraba todos mis demonios a los ojos. Era una situación límite.

En la tarde del octavo día, conseguí practicar vipassana. En mi viaje por cada centímetro del cuerpo o simplemente siguiendo el flujo de sensaciones, encontraba las regiones “duras”, dolorosas. Sentía, investigaba por un minuto, como si fuera una científica examinando un territorio neutral, y seguía sin desespero.

Poco a poco, sentía más el dolor en la espalda y el brazo derecho en los intervalos de la meditación. Cuando permanecía dentro de mí, escudriñando el cuerpo y aprendiendo a observar la realidad con ecuanimidad, me mantenía serena. El dolor se volvía difuso, porque sentía una infinidad de sensaciones al mismo tiempo.

Pasé a tener muchos sueños y pesadillas. No era la única, descubrí después. Había quien gritara durmiendo, rompiendo involuntariamente el “noble silencio”, como era llamada la regla de no hablar durante diez días.

En la noche del octavo día, desperté asustada, porque mi cuerpo entero meditaba a pesar de mi conciencia. Según el maestro, es el inconsciente el que está todo el tiempo despierto, registrando todas las sensaciones. Es él la parte más consciente de nuestra mente, y no lo que llamamos conciencia, que opera solo en la superficie. Esa noche, mi cuerpo entero era un flujo de energía muy fuerte, con tantas sensaciones diferentes que podría jurar que me movía.

Era tanto movimiento interno que desperté, una experiencia al mismo tiempo extraordinaria y aterradora. Esto continuó madrugada adentro. Y, después, por muchas otras noches, incluso al volver a casa. Estaba sumergida en mí misma.

Pero, de nuevo, no tanto como imaginaba. La chica que se sentaba a mi lado había hablado en voz alta, casi gritando. Era la hora de las preguntas públicas. Quien quisiera hablar podría sentarse ante el profesor, uno por uno. El profesor brillaba en esos momentos, siempre con un excelente humor británico. Cuando una de las alumnas describió largamente su drama por causa de la almohada que se resbalaba, en una oposición flagrante a su inmovilidad, esperando una respuesta filosófica, él se limitó a decir, impasible: “Tal vez podrías cambiar de almohada”.

Esa noche, mi vecina escuchó la pregunta de uno de los alumnos, sobre “amor, pasión y apego”, y quiso enmendar la suya, desde atrás. Fue silenciada y, al día siguiente, se fue. A mi lado, se sentó una mujer que lidiaba con la angustia de la situación de la forma más básica: intentando hablar con las compañeras del cuarto, moviéndose mucho, haciendo el máximo ruido posible. En fin, intentando quebrantar todas las reglas. Yo pensaba: pero por qué simplemente no se va? Probablemente porque, así como para mí, para ella no era simple irse.

De un lado de la sala quedaban los hombres, del otro las mujeres. Yo me sentaba exactamente en el límite del espacio de las mujeres. A mi lado izquierdo había un hombre, a mi derecha una mujer. Entre mí y mi colega había una cortina que él abría y yo cerraba, día tras día. Mi nueva vecina acogió las miradas del galán del retiro.

La escena era la siguiente: yo en el medio, con los ojos cerrados, inmóvil, intentando aprender a mirar el dolor con serenidad, y los dos hablando con movimientos de la boca, mandándose besos, ella levantando las faldas hasta los muslos. Ahora, escribo y me parece gracioso. Pero, en el momento, quería mucho poder hablar y, digamos, tocar.

Siempre fui intolerante con las personas que, en mi opinión, empeoran el mundo. La frase famosa de Sartre, “el infierno son los otros”, siempre fue una especie de mantra para mí. Además de molestarme estar en medio de un fuego cruzado no tan silencioso, me parecía inaceptable que alguien desrespetara las reglas del lugar donde era huésped. De nuevo, tenía dos opciones: hablar con el profesor o vencer mi aversión. Lloré de nuevo al palpar el tamaño de mi intolerancia.

Decidí que era hora de aprender a lidiar mejor con las dificultades de la realidad externa. Si conseguía, tendría gran oportunidad de no perder más ningún minuto de sueño siempre que alguien hiciera o dijera algo desagradable, o simplemente existiera a mi pesar.

Consumí el noveno día entero en esa lucha interna. Por la mañana, rechinaba los dientes siempre que los dos se mandaban recados. Todo lo que conseguí fue un dolor en la mandíbula. Por la noche, me había vuelto casi una monja. Paré de oírlos, me sumergí en mí.

De cualquier modo, alguien más se molestó, porque en el décimo día la cortina estaba pegada a la pared con cinta adhesiva. A esa altura, la situación que horas antes se había vuelto un tormento que contaminaba todos mis pensamientos me pareció bien graciosa. Y lo era: dos personas adultas, en un retiro de meditación, intentando enamorarse sin poder hablar ni tocarse. Eso era desesperación.

En la mañana del décimo día, tenía dolores en la espalda, el brazo derecho y casi no podía sentarme. Pero eso no me perturbaba más. El maestro enseñó la parte final, llamada metta. En ella, emergemos de nuestro interior para, en los minutos finales, dar al mundo y a las personas nuestras mejores vibraciones de paz.

No fui capaz de transmitir mucha paz al mundo. Mi mente fue tomada por recuerdos muy dolorosos, que había evitado incluso en años de sesiones de psicoanálisis. Decidí no huir de ellos. Sentí enfermedad en mi cuerpo, pensé que tendría una gripe muy fuerte. Cuando terminó, todo en mí dolía, era territorio arrasado. El maestro dijo que habíamos hecho una “cirugía en la mente”, para cambiar una forma muy arraigada de funcionar. Me sentía exactamente así, despertando después de una cirugía. Pero una sin anestesia.

No quería volver a hablar. En ese momento, el silencio era una protección. Pero terminó. Tendríamos una tarde de adaptación al mundo exterior, y el curso acabaría con meditación en la madrugada del día 11. Para mi sorpresa, muchas mujeres querían hablar para poder quejarse del comportamiento de las otras, de las que hablaban, roncaban, estornudaban, sorbían. Apenas abrimos la boca, una corriente de chismes ya recorría el retiro.

A lo largo del curso, percaté cómo no hablar hacía bien no solo para la vida interior, sino para la comunitaria. Si cada una de nosotras pudiera hablar, seguramente habría habido cismas, heridas, alianzas, discordia. Y por motivos que no eran tan importantes, motivos que se perdieron a lo largo de los días. Es lo que sucede en nuestra vida cotidiana. Estamos en general confinados al espacio del trabajo o de la casa, y la mayor parte de lo que nos parece muy importante, definitivo, es solo un momento que pasa. Cuando hablamos, materializamos, damos inicio a una cadena de reacciones.

Así que sonó la campana anunciando la liberación de todas las lenguas, me dieron ganas de escapar de esas mujeres hablantes: en ese momento eran 27, contándome, la mayoría hablando mucho y al mismo tiempo. Yo huiría de eso en cualquier circunstancia. Pero comencé a gustarme muchas de ellas, a gustarme escucharlas.

Procuré acercarme a todas para descubrir qué cambiaba en mi primera percepción ahora que escuchaba sus voces. Nada. Tuve afinidad por las que ya había sentido y preferí continuar alejada de las que evitaba. Pasé el resto del día tomando agua cada diez minutos, porque mi garganta se secaba, solo conseguía hablar bien lentamente.

En el exacto momento en que escribo, hace dos semanas que volví de ese viaje interior. Parece mucho más. Al inicio, no conseguía escribir ninguna línea. Así que recuperé mi libretita, aún en el retiro, intenté anotar lo que había sucedido, pero no conseguí. La única palabra que escribí fue esta: “palabra”.

Era difícil tornar cualquier cosa permanente después de comprender, de forma tan radical, la impermanencia de la realidad. Yo, que me volví periodista en la ansia de capturar lo real, me encontré en ese impasse. Escribir era tornar permanente el momento, el acontecimiento fugaz, era impedir que algo se fuera. Parecía imposible volver a hacer eso. En el puente aéreo del regreso, tomé el periódico y ninguna noticia parecía tener sentido, tener importancia.

Tenía dificultad también con las memorias. Al inicio del retiro, percaté que se volvía cada vez más difícil recordar lo que había pensado o sentido el día anterior. Después, se volvió complicado fijar el pensamiento en las horas anteriores. Del mismo modo, tampoco conseguía hacer planes para los días posteriores. Estaba siendo entrenada para, por primera vez, no vivir en el pasado ni en el futuro, sino en el presente.

En mi primera noche en casa, tuve una pesadilla, de esas en que sabemos que estamos durmiendo. Me arañé la pierna con las uñas en el intento de despertar. Entonces, en el sueño, mi espina se partió, y una especie de doble salió de mis entrañas. Desperté con el flujo de sensaciones subiendo y bajando por mi cuerpo.

En los días siguientes, los dolores no se fueron. Busqué ayuda. Me hice una resonancia magnética. Mi columna no es muy bonita de ver. Tenía una escoliosis que no había sido diagnosticada porque nunca había molestado. Podría pasar el resto de mi vida sin tener ningún síntoma, porque el cuerpo va encontrando sus caminos de compensación, o podría tener problemas dentro de diez o 20 años.

Más de cien horas en la misma posición en diez días desencadenaron una crisis severa en la columna cervical. Comencé a sentir pérdida de fuerza y motricidad en el brazo derecho. Cosas banales como amarrar el cordón del zapato, escribir a mano, teclear el celular se volvieron complicadas. Mi letra empeoró al punto de que yo misma no la entendía. Una semana después de mi regreso, no conseguía sentarme para comer o escribir sin sentir dolores muy fuertes. Era difícil llevar el tenedor a la boca, digitar en el teclado de la computadora. Este texto fue escrito lentamente, con dolor.

El médico y la fisioterapeuta que me atendieron, ambos profesionales excepcionales, son taxativos al desaconsejar un curso de diez días con esa cantidad de horas en la misma posición. En su opinión, algo así debería hacerse progresivamente, a lo largo de mucho tiempo, para preparar el cuerpo. Todo lo que es en exceso no tendría armonía. Tienen razón. Es como correr una maratón sin ningún entrenamiento.

Puede ser que cambie de idea más tarde, pero hoy no me arrepiento de haber llegado hasta el fin. El efecto que vipassana tuvo en mi vida supera los problemas en la columna que desencadenó. Creo, sin embargo, que las personas necesitan saber que pueden tener problemas. Tiene que ser un riesgo asumido, una elección. En el caso de una persona con la columna absolutamente sana, claro, la oportunidad de secuelas es menor.

Desde el inicio, me impresionó el rigor del curso de vipassana en un mundo de tantos relativismos, en que siempre se puede dar un modo, burlar una regla u otra. En los diez días, las reglas eran mantenidas, cobradas, fiscalizadas de cerca. Bastaba que alguien intentara escurrirse un poco para que la responsable de las mujeres ya mandara sentarse derecho. Era preciso ser serio o entonces irse. No era un espacio de negociaciones.

Me sorprendió que solo cinco personas hayan desistido. Menos del 10%. Estoy acostumbrada a situaciones límite, tengo gran resistencia a la presión, pero pensé seriamente en desistir. Era difícil quedarse. Y la mayoría permaneció, llegó hasta el fin. Eso puede significar que hay una búsqueda por rigor, y por límites, en este mundo de permisividades que permea desde la política hasta las relaciones personales. Hay una búsqueda por algo que sea real, y no solo una promesa fácil de autoayuda.

Y hay también una necesidad de sentir. Nuestra época cree que es posible vivir sin sentir ningún tipo de dolor, físico o psíquico. No tener dolor se volvió casi un derecho. Basta una puntada en la cabeza, que ya corremos a tomar una píldora. Basta una tristeza real, para que inmediatamente nos ofrezcan un antidepresivo. No queremos menstruar ni tener dolor de parto, cualquier desacuerdo con el jefe acaba con nuestro día, desistimos de un amor en el primer tropiezo, por creer que merecemos la felicidad eterna. No podemos ni sentir calor o frío, para eso hay aire acondicionado. Parece que no queremos es vivir. Descubrí en el retiro que mucha gente presiente que hay demasiadas falsas promesas en su vida.

Tal vez hubiera un camino alternativo para mí. Probablemente lo más sensato habría sido desistir cuando el dolor aumentó, aceptar algo más difícil que el dolor, mis límites. Si mi columna simbólicamente “se quebró”, tal vez sea por causa de mi rigidez, de mi dificultad de ser más flexible. Tal vez hubiera un aprendizaje para mí al desistir de algo importante, aceptar que necesitaba parar. Hoy, necesito usar lo que aprendí en vipassana para enfrentar un dolor constante, 24 horas al día, con serenidad.

En este momento, siento mi vida más ancha. Cada día es largo. Tengo dificultad de concentrarme en lo que sucedió ayer, y la próxima semana está lejos. Percibo inmediatamente cuando estoy viviendo algo especial, cosas muy simples que antes no percibiría. Y descarto los aconteceres desagradables en el minuto siguiente. Cuando siento miedo o ansiedad, sé que va a pasar. Solo esa certeza ya reduce los monstruos a la mitad de su tamaño.

La vida paró de correr. Es como si el año, que pasó volando, hubiera pisado fondo el freno. Está todo casi en cámara lenta. Descubrí ayer que he estado llenando mis cheques con la fecha del mes anterior. No tengo idea de qué va a suceder. Y me parece excelente no saber. Siempre lo creí, pero antes tenía más miedo.

Esta es mi aventura, mi experiencia, con mi forma de mirar. Es personal, única, intransferible. Intenté ser lo más honesta posible con lo que soy, sentí y viví. Todo lo que fue escrito aquí es mi interpretación, no tengo el aval de ningún maestro de vipassana. Este reportaje es solo el relato de una experiencia radical un poco diferente de lo que estamos acostumbrados a entender como radical. No es un incentivo para que los lectores hagan un curso como ese, ni un incentivo para no hacerlo.

Este es solo el relato de un viaje a un lugar bien exótico: mi cuerpo. Podrías estar leyendo sobre una circunnavegación de la Antártida o la escalada de la pared sur del Aconcagua. Pero esta es una expedición de diez días, más de cien horas con los ojos cerrados, sin salir del lugar y siempre hacia adentro. Al revés de cualquier otra aventura, cuanto más lejos, más cerca estaba de mí. En este mundo en que todas las geografías ya han sido profanadas, y la mayoría de ellas devastadas, tal vez este sea un desafío más real.

Texto de Eliane Brum publicado originalmente en la edición 503 de la Revista Época.

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