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Las caras frágiles de la identidad

Por Matthieu Ricard

La noción de persona incluye la imagen que tenemos de nosotros mismos. La idea de nuestra identidad, de nuestro estatus en la vida, está profundamente enraizada en nuestra mente e influye de modo constante en nuestras relaciones con los otros. La menor palabra que amenace la imagen que tenemos de nosotros mismos es intolerable, aunque no tengamos el menor problema en ver un calificativo idéntico aplicado a otra persona, en circunstancias diferentes. Si gritas insultos o adulaciones en dirección a una roca, las palabras rebotan hacia ti, y en nada te afecta. Pero si otra persona te insulta con las mismas palabras, eso te trae una perturbación profunda. Si tenemos una imagen fuerte de nosotros mismos, intentaremos asegurarnos de que sea reconocida y aceptada. Nada es más doloroso que verla puesta en duda.

Pero qué valor tiene esa identidad. Es interesante recordar que la palabra “personalidad” viene de persona, que significa “máscara” en latín; la máscara a través de la cual (per) la voz del actor hace resonar (sonat) su habla. Pero mientras el actor sabe que usa una máscara, nosotros solemos olvidar de separar entre el papel que desempeñamos en la sociedad y nuestra verdadera naturaleza.

Si nos sucede tener la experiencia de encontrar, en países lejanos, personas en condiciones más o menos difíciles, como una caminata en la montaña o una travesía por el mar, sentimos que en esos días de aventura compartida, todo lo que importa es que son nuestros compañeros de viaje, teniendo como equipaje solo las cualidades y los defectos que manifiestan a lo largo de las peripecias vividas conjuntamente. Poco importa “quién” son, la profesión que ejercen, la importancia de la fortuna que poseen o la posición que ocupan en la sociedad. Sin embargo, si después de la aventura esos compañeros se reencuentran, la espontaneidad muchas veces desaparece, porque todos se recolocan su “máscara”, retoman su papel y su estatus social de padre de familia, pintor de paredes o dueño de industria. El encanto se rompe, desaparece la espontaneidad. Esa profusión de etiquetas y rótulos distorsiona los relacionamientos humanos porque, en lugar de vivir los acontecimientos de la forma más sincera posible, nos comportamos con afectación para preservar nuestra imagen.

En general tenemos miedo de lidiar con el mundo sin puntos de referencia y somos acometidos por vértigos siempre que las máscaras y los epítetos se desmoronan. Si ya no soy músico, escritor, funcionario, educado, hermoso o fuerte, quién soy yo. Sin embargo, no portar ningún rótulo es la mejor garantía de libertad y la manera más flexible, ligera y alegre de pasar por este mundo. Rehusarse a ser víctima de la impostura del ego no nos impide en nada nutrir una potente determinación en alcanzar los objetivos que nos definimos para nosotros mismos y de disfrutar a cada instante de la riqueza de nuestras relaciones con el mundo y los seres. El efecto, en realidad, es justamente el opuesto.


A TRAVÉS DEL MURO INVISIBLE

Cómo puedo utilizar ese análisis que va en dirección contraria a las concepciones y los presupuestos occidentales. Hasta ahora, bien o mal, funcí con esa idea, aunque vaga, de que existe un yo central. En qué medida esa comprensión de la naturaleza ilusoria del ego me coloca ante el riesgo de cambiar las relaciones con mi familia y con el mundo a mi alrededor. Un giro de ciento ochenta grados como ese no sería desestabilizador, perturbador.

A esas preguntas puede responderse: la experiencia muestra que ese giro solo te hará bien. De hecho, cuando el ego predomina, la mente es como un pájaro que se hiere al chocarse contra un vidrio, el de la creencia en ese ego, confinando nuestro universo a límites muy estrechos. Perpleja y aturdida por la barrera, la mente no sabe cómo atravesarla. Esa barrera es invisible porque no tiene existencia verdadera, no es más que un constructo de la mente. Sin embargo, funciona como un muro al fragmentar nuestro mundo interior e interrumpir el flujo de nuestro altruismo y nuestra alegría de vivir. Si no hubiéramos fabricado el vidrio del ego, ese muro no existiría y no tendría ninguna razón de ser. El apego al ego está ligado a los sufrimientos que sentimos y a los que infligimos a otros. Abandonar la fijación en nuestra imagen personal y dejar de dar tanta importancia al ego significa ganar una enorme libertad interior. Esto permite que abordemos a todos los seres y todas las situaciones con naturalidad, benevolencia, fortaleza de espíritu y serenidad. Sin esperar ganar y sin el temor de perder, somos libres para dar y recibir. No hay más el menor motivo para pensar, hablar o actuar de manera afectada, egoísta o inapropiada.

Agarrándonos al confinado universo del ego, tenemos la tendencia a preocuparnos únicamente con nosotros. La menor contrariedad nos perturba y nos desalienta. Somos obsesionados por nuestros éxitos, nuestras derrotas, nuestras esperanzas y nuestras inquietudes, siendo así casi imposible alcanzar la felicidad. El mundo estrecho del ego es como una copa de agua en la que echamos una pizca de sal: el agua se vuelve imposible de beber. Si, por otro lado, rompemos las barreras del ego y la mente se vuelve como un gran lago, la misma pizca de sal no altera su sabor en absolutamente nada.

Cuando el ego deja de ser considerado como la cosa más importante del mundo, es mucho más fácil sentir interés por otras personas. Percibir los sufrimientos de otros reduplica nuestro coraje y determinación para trabajar para su bien.

Si el ego constituyera realmente nuestra esencia profunda, sería fácil comprender nuestra inquietud ante la idea de librarnos de él. Pero si no es otra cosa sino ilusión, liberarse del ego no es extirpar el corazón de nuestro ser, sino simplemente abrir los ojos.

Así, vale la pena dedicar algunos momentos de nuestra existencia para dejar que la mente repose en la calma interior; esto permitirá que comprendamos mejor, por medio del análisis y la experiencia directa, el lugar que el ego ocupa en nuestra vida. Mientras el sentimiento de que el ego es importante retenga las riendas de nuestro ser, jamás conoceremos una paz duradera. La propia fuente del dolor permanecerá intacta en lo más profundo de nosotros y nos privará de la más esencial de las libertades.

Fragmento del libro “Felicidad: la práctica del bienestar” de Matthieu Ricard.

Fuentes de inspiración:

“Cuando un arcoíris aparece luminoso en el cielo, puedes contemplar sus bellos colores, pero no puedes agarrarlo y usarlo como una ropa. El arcoíris nace de una conjunción de diferentes factores, pero nada en él puede ser aprehendido. Lo mismo sucede con los pensamientos. Se manifiestan en la mente, pero están desprovistos de realidad tangible o de solidez intrínseca. Ninguna razón lógica justifica, entonces, que los pensamientos, que son insubstanciales, dispongan de tanto poder sobre la persona; no hay ninguna razón para que te vuelvas su esclavo.

La infinita sucesión de pensamientos pasados, presentes y futuros nos lleva a creer que existe algo que estaría allí de forma inherente y permanente. Pero, en realidad, los pensamientos pasados están tan muertos como los cadáveres, y los pensamientos futuros aún no han surgido. Entonces, cómo esas dos categorías de pensamientos que no existen podrían constituir una entidad que sea existente. Y cómo el pensamiento presente podría apoyarse en dos cosas inexistentes.

Sin embargo, el vacío de los pensamientos no es simplemente un vacío, como se puede decir del espacio. Hay allí presencia, una conciencia espontánea, una claridad comparable a la del sol que ilumina los paisajes y permite ver las montañas, los caminos, los precipicios.

 Aunque la mente esté dotada de esa conciencia intrínseca, afirmar que hay una mente es pegar la etiqueta de realidad sobre algo que no lo es; es anunciar la existencia de una cosa que es solo un nombre dado a una sucesión de acontecimientos. Podemos llamar de ‘collar’ el objeto hecho de piedras ensartadas en un hilo, pero ese ‘collar’ no es una entidad dotada de existencia intrínseca. Cuando el hilo se rompe, dónde está el collar.”

—Dilgo Khyentsé Rinpoche

“Poco a poco, comencé a reconocer la fragilidad y el carácter efímero de los pensamientos y las emociones que me habían perturbado durante años, y comprendí cómo, fijándome en los pequeños disgustos, los había transformado en enormes problemas. Por el simple hecho de quedarme sentado observando a qué velocidad y, bajo muchos aspectos, con qué ilogiá mis pensamientos y mis emociones iban y venían, comencé a ver directamente que no eran tan sólidos y reales como parecían. Después, apenas comencé a abandonar mi creencia en la historia que parecían contarme, percibí, poco a poco, el ‘autor’ que se escondía detrás de ellos: la conciencia infinitamente vasta, infinitamente abierta, que es la propia naturaleza de la mente.

Todo intento de describir con palabras la experiencia directa de la naturaleza de la mente está destinado al fracaso. Todo lo que se puede decir es que se trata de una experiencia infinitamente pacífica y, una vez estabilizada por una práctica constante, es casi inamovible. Es una experiencia de bienestar absoluto que impregna todos los estados físicos y mentales, incluso aquellos que normalmente se consideran desagradables. Ese sentimiento de bienestar, independiente de las fluctuaciones de las sensaciones que vienen del interior o del exterior, es una de las maneras más claras de comprender lo que entendemos por ‘felicidad’.”

—Yongey Mingyour Rinpoche

“La naturaleza de la mente es comparable al océano, al cielo. El incesante movimiento de las olas en la superficie del océano nos impide ver las profundidades. Si nos sumergimos, no hay más olas; es la inmensa serenidad del fondo. La naturaleza del océano es inmutable.

Miremos el cielo. Está, a veces, claro y límpido. Otras veces, nubes se acumulan, modificando la percepción que tenemos de él. Sin embargo, las nubes no cambiaron la naturaleza del cielo. […] La mente no es nada, a no ser naturaleza totalmente libre. Permanezcamos en la simplicidad natural de la mente que trasciende todo concepto.”

—Pema Wangyal Rinpoche