Autocompasión, Autoestima y Autocrítica
Por Kristin Neff

Alimentar continuamente nuestra necesidad de autoevaluación positiva es un poco como atiborrarse de dulces. Nos emborrachamos de azúcar y luego viene una caída brusca. En la caída, entramos en desesperación. Es cuando percibimos que, por mucha que sea nuestra voluntad, no siempre podemos culpar a otros por nuestros problemas. No siempre podemos sentirnos especiales y por encima del promedio. Muchas veces, el resultado es devastador. Nos miramos en el espejo y no nos gusta lo que vemos (literal y figurativamente), y entonces la vergüenza comienza a tomar forma. La mayoría de nosotros es extremadamente dura consigo misma cuando logra admitir alguna falla o defecto. Pensamos: “No soy lo suficientemente bueno. Soy un inútil”. Por eso, preferimos esconder la verdad de nosotros mismos, pues recibimos la honestidad como una dura condenación.
En áreas difíciles de engañarnos, por ejemplo, cuando comparamos nuestro peso al de modelos de revistas o nuestras cuentas bancarias a las de los ricos y exitosos, nos causamos un inmenso dolor emocional. Perdemos la fe en nosotros mismos, comenzamos a dudar de nuestro potencial y perdemos la esperanza. Naturalmente, este estado de tristeza solo produce más autocondena por ser perdedores que no hacen nada. Así, caímos cada vez más.
Incluso cuando nos va bien, las reglas del juego para alcanzar lo “suficientemente bueno” parecen siempre permanecer fuera de alcance, lo cual es frustrante. Necesitamos ser inteligentes y atléticos y elegantes e interesantes y exitosos y sexis. Ah, y espiritualizados también. No importa cuánto hagamos algo bien, siempre habrá alguien que parece hacerlo mejor. El resultado de esta línea de pensamiento es preocupante: millones de personas necesitan tomar medicamentos todos los días solo para lidiar con su cotidiano. La inseguridad, la ansiedad y la depresión son extremadamente comunes en nuestra sociedad, y mucho de esto se debe al autojuicio, por martirizarnos cuando sentimos que no estamos ganando en el juego de la vida.
Otra manera
Entonces, cuál es la respuesta. Es preciso parar con el autojuicio de una vez por todas y ejercitar las autoevaluaciones. Parar con los rótulos de “bueno” o “malo” y simplemente aceptarse con el corazón abierto. Debemos tratarnos con la misma bondad, cariño y compasión que dedicamos a un buen amigo o incluso a un extraño. Hay casi nadie a quien tratemos tan mal como a nosotros mismos.
Cuando me encontré con la idea de autocompasión, mi vida cambió casi inmediatamente. Fue en el último año de mi doctorado en Desarrollo Humano en la Universidad de Berkeley, en California, cuando estaba dando los retoques finales a mi tesis. Pasaba por un momento muy difícil con el fin de mi primer matrimonio y estaba llena de vergüenza y autorrech azo. Tuve la idea de inscribirme en clases de meditación en un centro budista cerca de allá. Cuando era pequeña, ya nutría un interés por la espiritualidad oriental. Fui criada en los alrededores de Los Ángeles por una madre de mente abierta, pero nunca había tomado la meditación en serio. Además, nunca había examinado la filosofía budista porque mi exposición al pensamiento oriental fue más en la línea New Age de California. Como parte de mi búsqueda, leí el clásico libro de Sharon Salzberg, Loving Kindness, y nunca más fui la misma.
Sabía que los budistas hablaban mucho sobre la importancia de la compasión, pero nunca antes había considerado que la compasión por uno mismo podía ser tan importante como la compasión por los otros. Desde el punto de vista budista, tienes que cuidarte a ti mismo antes de que puedas realmente preocuparte por las otras personas. Si te juzgas y te criticas continuamente mientras intentas ser gentil con otros, terminas dibujando fronteras y distinciones artificiales que solo llevan a sentimientos de separación e aislamiento. Este movimiento es opuesto a la unidad, a la interconexión y al amor universal, objetivos finales de la mayoría de los caminos espirituales, sin importar cuál sea la tradición.
Mi nuevo novio, Rupert, iba conmigo a las reuniones semanales del grupo de budistas. Recuerdo cómo él meneaba la cabeza con asombro y decía: “Quiere decir que es posible permitirse ser bueno consigo mismo y tener autocompasión ante el fracaso o momentos difíciles. No sé... Si soy demasiado autocompasivo, no voy a estar siendo solo perezoso y egoísta?” Me tomó un tiempo poner mi cabeza en orden. Pero lentamente percibí que la autocrítica, a pesar de ser sancionada por la sociedad, no era de forma alguna útil. De hecho, solo empeoraba las cosas. No me volvía una persona mejor por golpearme todo el tiempo. En cambio, me sentía inadecuada e insegura y volcaba mi frustración en las personas cercanas. Más que eso, había muchas cosas que no admitía, porque tenía mucho miedo del autoodio que vendría si encaraba la verdad.
Rupert y yo aprendimos a proporcionarnos a nosotros mismos, individualmente, dosis de amor, aceptación y seguridad que, antes, esperábamos extraer de nuestra relación. Eso significó un aumento de estos sentimientos en nuestros corazones para darnos el uno al otro. Estábamos tan conmovidos con el concepto de la autocompasión que, en nuestra ceremonia de matrimonio, aún ese año, cada uno terminó los votos diciendo: “Sobre todo, prometo ayudarte a tener compasión por ti mismo, para que puedas prosperar y ser feliz.”
Después de mi doctorado, hice dos años de posdoctorado con una investigadora especialista en autoestima. Quería saber más sobre cómo las personas determinan su sentido de autoestima, y aprendí rápidamente que el campo de la psicología se estaba desencantando con la teoría de la autoestima como el suprassumo de la salud mental. A pesar de los miles de artículos escritos sobre la importancia de la autoestima, los investigadores comienzan a señalar todas sus trampas: narcisismo, egocentrismo, rabia hipócrita, prejuicio, discriminación y así sucesivamente. Percibí que la autocompasión era la alternativa perfecta para la búsqueda incesante de la autoestima. Por qué. Porque ofrece la misma protección contra la dura autocrítica, pero sin la necesidad de vernos como seres perfectos o como mejores que otros. En otras palabras, la autocompasión proporciona los mismos beneficios que la autoestima elevada, pero sin sus desventajas.
Este fragmento fue extraído del libro “Autocompasión”, de Kristin Neff. Para saber más sobre el libro, accede al sitio de la editorial Lúcida Letra.