Estar presente: el cultivo de la atención en la era de la distracción. Fragmento del libro de Alex Castro
Por Alex Castro

Vivimos en la era de la desatención, siempre haciendo todo de manera superficial y descomprometida. Desatención no significa apenas falta de atención o de concentración, sino sobre todo falta de cuidado, de celo, de cariño. Es estar en el mundo y no cuidarlo. Es convivir con las personas sin verdaderamente interactuar. Y en esta era de la distracción, Alex Castro presenta en su nuevo libro “Atención: por una política del cuidado” las diferentes maneras de desarrollar nuestra atención y transformarla en un instrumento de acción política. Un libro que sostiene una visión de que convertirse en una persona mejor para las otras personas es mucho más importante que convertirse en una persona mejor solo para uno mismo. Las prácticas de atención finalmente apuntan al cuidado del otro y por eso Alex acuñó el término “otroyuda”, pues es algo que va más allá de las ideas de “desarrollo personal” o “autoayuda”: “practicamos la atención para ser mejores para las otras personas. Practicamos atención no para vivir vidas mejores, sino para que las personas que necesitan convivir con nosotros vivan vidas mejores. Cuanta más atención, más vemos que no existen otras personas. Estamos todas juntas.” A continuación publicaremos algunos fragmentos del capítulo 17, “Estar presente”, que habla sobre la práctica formal de meditación. Puedes adquirir el libro completo aquí y descubrir diferentes maneras en que podemos ejercitar el cuidado comprometido y la escucha activa, actos transformadores para uno mismo y para la sociedad.
“Meditar no es calmante: es laxante”
Cuando meditamos, una de las primeras ilusiones que se desmorona es nuestra cuidadosamente esculpida autoimagen de personas tranquilas, relajadas, controladas. Para nuestra inmensa sorpresa, percibimos cuánto estamos atrapadas en el pasado y en el futuro, aún obsesionadas por aquel viejo novio y ya sufriendo la angustia de la futura muerte, aún rumiando aquella ofensa tonta y ya enloqueciendo de miedo a un rechazo potencial. Nuestra conciencia es un tren descontrolado, una asesina en serie disparando, un camión terrorista en la multitud.
Meditar es encarar nuestra propia locura y descontrol: bajo la imagen que intentamos pasar a las personas, existe el más profundo caos.
La meditación no necesita silencio
Algunas personas no pueden meditar porque no tienen acceso a ningún lugar idealmente tranquilo y silencioso. Pero, así como podemos ser nosotras mismas el espacio seguro que tanto buscamos, la práctica de la meditación ya crea por sí sola las condiciones necesarias para que exista.
El templo donde medito queda en el Morro do Pavão-Pavãozinho, en Copacabana. En los buenos días, meditamos con un funk sacudiendo nuestras paredes. En los peores días, entre disparos y bombas.
Meditar es estar plenamente presente. Nuestra meditación es estar plenamente presentes con el funk y con los disparos. Todo esto es parte del mundo, es parte de nosotros, es parte de mí. El mundo nunca se aquietará para nosotros, pero podemos elegir estar presentes en ese mundo que es como es.
Cuando la atención falla
Mi distracción no es lo que me justifica: es lo que me condena. (Hablé más sobre esto en la 7ª práctica, Escuchar con atención plena.)
Desafortunadamente, vivimos en una sociedad donde todo nos fuerza a la distracción. La principal fuerza motriz de la economía global es nuestra atención y las mayores empresas del mundo tienen como plan de negocios distraerla, desviándola hacia los anuncios de sus patrocinadores. En todos los restaurantes, hay una pantalla de televisión robando nuestra atención de la persona que está a la mesa con nosotros. En las carreteras, ¿cuántos accidentes ya no han sido causados por miradas furtivas a vallas publicitarias y letreros de calle? Con la popularización de smartphones, las muertes de peatones solo suben. Incluso cuando estamos viendo televisión, ya distraídos del mundo real a nuestro alrededor, muchas veces existe un letrero en la esquina inferior de la pantalla, disputando nuestra atención con la propia pantalla: “¡Urgente! ¡Últimas noticias!”
El sonido de la llamada telefónica de mi hermana me distrae de la persona que está sentada a mi lado, conversando conmigo; la alerta vibratoria de un video de gatito enviado por mi madre (“¡mira qué cosa más linda, mi hijo!”) me distrae de la llamada telefónica de mi hermana; un anuncio de texto del nuevo combo exclusivo de mi operadora de telefonía celular (“¡compra en las próximas dos horas y gana bonificación del 50%!”) aparece de repente sobre el video del gatito: con tanta distracción sobre distracción, es fácil olvidar quiénes somos y dónde estamos, cuáles son nuestras prioridades y qué queremos hacer de nuestro tiempo y de nuestra vida. Cuando finalmente logre traer mi atención de vuelta a la persona que está allí físicamente conmigo, después de pelar capa tras capa de distracción, ella solo no se habrá ido porque, seamos honestos, en el momento en que agarré el celular para atender a mi hermana, ella también agarró el suyo y ya está en la décima distracción, así como yo.
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Una objeción común a las prácticas de atención:
No puedo. No funciona. ¡No tengo enfoque! En dos segundos, mi cerebro se fue y ya estoy pensando en la muerte de la vaca, en la situación política, en la novela de ayer, cualquier cosa menos el presente, ¡el aquí y ahora! ¡Soy un fracaso!
Pero nada de esto es un problema. Fallar es el funcionamiento condicionado de nuestro cerebro. Lo que las personas describen como si fuera un defecto de carácter individual es básicamente nuestra condición humana compartida. Y, como si no bastara ser así, toda la economía mundial fue construida para distraernos. Sería extraño si tuviéramos éxito en una lucha tan desigual. Una persona hipotética que (creyera que) no falló es porque está tan, pero tan autocentrada que ni siquiera percibe cuánto su atención es tenue, efímera, inexistente.
El fotógrafo francés Robert Doisneau se hizo famoso por retratar escenas cotidianas de las calles de París. Un día, una reportera le pidió que la dejara seguirlo en sus caminatas y observar su método. Él se negó: tendría vergüenza que vieran cuántas veces pasó por la foto perfecta y ni se dio cuenta, solo para volver corriendo, diez segundos o cinco minutos después, e incluso tener que rogarle a completas extrañas que hicieran de nuevo, para la cámara, lo que habían hecho naturalmente poco antes. Pero me pregunto: ¿cuántas personas no pasaron por esas mismas escenas? La gran arte de Doisneau era justamente saber volver.
Practicamos atención para observar esa falla sucediendo en vivo dentro de nosotros. Después de todo, así como Doisneau volviendo en busca de la foto perfecta, solo podemos volver a nuestro estado natural de atención si percibimos que salimos de él.
Pero, para eso, es necesario, en un acto consciente de voluntad, elegir dónde queremos depositar nuestra atención y, haciendo frente a todos los silbidos sonoros y luminosos del mundo, volver siempre allá.
Después de todo, si Doisneau conseguía dar media vuelta, caminar dos cuadras y pedirle a dos personas extrañas que se besaran de nuevo dentro de un carrito de frutas, entonces nosotros podemos dejar de lado nuestros rectángulos electrónicos y volver nuestra atención a la amiga que salió de casa para vernos.
La distracción es inevitable: percibir la distracción y corregirla es la 17ª práctica.
No somos nuestra rabia
Nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestros impulsos son como un fuego que surge de repente en medio de un bosque. Algunos incendios forestales son más violentos, otros menos. Pero todos, si no son alimentados, se consumen solos y terminan apagándose. Estar en el presente es, en lugar de alimentar pensamientos, observar activamente el proceso a través del cual surgen y pasan, nacen y mueren, sin involucrarnos y sin apegarnos.
Para aquietar el cuerpo y estar plenamente presentes no es necesario vaciar nuestra cabeza de pensamientos. Antes que nada, porque ese es un objetivo imposible. Alguien pidiéndonos que “no pensemos en un tigre albino” es la manera más eficiente de garantizar que pensaremos en un tigre albino. Por otro lado, sin ese pedido, podríamos fácilmente pasar la vida entera sin ni una sola vez pensar en un tigre albino. De la misma manera, intentar “no pensar” es la manera más eficiente de garantizar que nuestra mente estará hirviendo de pensamientos.
Al contrario, la 17ª práctica es observar sin apego nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestros impulsos. En realidad, no hay razón para apegarse: es de su naturaleza ser impermanentes. Así como la picazón pasa y el fuego se autoconsumeé, nuestros pensamientos, emociones, impulsos también desaparecen si no son alimentados.
Observar sin apego nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestros impulsos significa romper nuestra identificación con ellos. Ahora, ya no somos más personas tomadas por los celos, sino personas que observan los celos dentro de sí mismas y piensan:
Gente, miren esos celos. ¡Realmente, estoy en pleno ataque de celosillo!
Si conseguimos observar desapasionadamente nuestros celos, entonces no estamos controladas por ellos: esos celos son solo una cosa más, entre tantas otras cosas, que nos suceden, ante la cual podemos decidir cómo lidiar, cómo reaccionar. Esos celos, que antes nos parecían tan grandes y tan arrolladores, que dominaban nuestras acciones y destruían nuestra tranquilidad, que nos hacían ser groseros con la esposa y decir palabras de las cuales nos arrepentíamos después, esos celos son solo una sensación, solo un sentimiento: son etéreos, no tienen sustancia, no tienen realidad.
Así como nos sentamos en un café en la acera y observamos a las personas que pasan (“mira esa adolescente patinadora, mira ese hombre ridículo, mira ese barrendero tarareando”), también podemos sentarnos en cualquier lugar y observar las sensaciones, pensamientos, impulsos que pasan dentro de nosotros (“mira cómo me encelo con la falda de mi novia, mira cómo me irrito sin razón con mi madre”) y no dejarnos dominar por ellos. Nuestra irritación con la madre es como la adolescente patinadora: ambas pasan, ambas no me dominan, ambas no me demandan que haga nada en relación a ellas.
Nosotros no somos nuestra mente dominada por los celos: nosotros somos aquella esquina de nuestra mente observando los celos.
Nosotros no somos esa rabia, nosotros no somos esos celos, nosotros no somos esa vanidad: estos conceptos son como trenes y podemos elegir sentarnos en un banco de la estación y observar detalladamente cada uno de ellos, desde el momento en que aparecen minúsculos en el horizonte, acompañarlos haciéndose cada vez más grandes a medida que se acercan, sentir el desplazamiento de aire cuando pasan por nosotros, y verlos distanciándose más y más hasta desaparecer. No tenemos obligación alguna de subir a ninguno de esos trenes: no necesitamos ser nuestra rabia o actuar con rabia solo porque sentimos rabia, pero podemos simplemente observar la rabia surgiendo y desapareciendo dentro de nosotros, como trenes que van y vienen, sin necesidad de hacer nada al respecto.
No es una cuestión de disciplina, represión o autocontrol. Sabiendo que incluso nuestras emociones más bajas se consumen solas, que nuestros peores pensamientos se acaban por cuenta propia, todo lo que necesitamos hacer es no acabarnos junto con ellos, no autodestruirnos víctimas de nuestra rabia, no transformarnos en nuestra propia ansiedad, no hundirnos agarradas a nuestros celos. Podemos elegir cuál de los dos lobos queremos alimentar.
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Estar presente y aquietar el cuerpo no significa controlar o disciplinar, ni siquiera ignorar o trascender, nuestros pensamientos, emociones, impulsos. Al contrario, significa experimentarlos libremente, sabiendo que tenemos la libertad de no necesitar ni aprobarlos ni desaprobarlos, ni justificarlos ni atacarlos, ni reprimirlos ni reproducirlos: podemos simplemente observarlos apareciendo y desapareciendo dentro de nosotros, sin sentirnos obligados a nada. Si son un caldero hirviendo, podemos solo observarlos hervir: no necesitamos correr ni para apagar el fuego ni para poner más leña en la hoguera, ni para vaciar el caldero, ni para limpiar el líquido que se derramó por el piso.
Por qué meditar en grupo
No somos personas crónicamente distraídas por causa de nuestros celulares e internet. Al contrario, inventamos los celulares e internet, de la manera como son hoy, por causa de nuestra distracción crónica constitutiva.
La meditación no es una técnica milenaria, presente en casi todas las culturas desde el inicio de los tiempos, porque “resuelve” un problema surgido en 2007. El Buda, así como yo y tú, nació en un mundo donde la meditación ya era ancestral y, un día, él también decidió sentarse, aprender, practicar. Somos, desde siempre y probablemente para siempre, monitos enloquecidos, estresados, obsesivos. Meditamos porque queremos dejar de serlo.
En una sala de meditación, de hecho, cada persona está librando una batalla que ninguna de las otras sabe. Mientras estoy allí, lidiando con mis rodillas y negociando con mi espalda, inundado por ansiedades y enterrado por deseos, ¿por qué terminó conmigo?, ¿qué será de mi carrera literaria?, ¿cuál será la cena de hoy?, las personas a mi alrededor no están meditando en cielo de brigadeiro y a velocidad de crucero: están, con toda certeza, lidiando con sus hombros y negociando con sus diafragmas, inundadas por sus miedos y enterradas por sus compulsiones: ¿por qué me trata así?, ¿será que esa mancha es benigna?, ¿cuál será la cena de hoy?
Admiro a las personas que consiguen meditar por cuenta propia. En mi vida, para que la meditación no se vuelva uno más entre mis tantos caprichos egoicos, necesita ser una actividad intrínsecamente colectiva, para que nunca olvide que mi mente descontrolada no es mi problema: nuestra mente descontrolada es nuestro problema. Estamos juntos.
Cosas que se hacen
Mi día a día está lleno de mí mismo: están las cosas que quiero hacer y las cosas que no quiero hacer, las personas con quienes me gusta convivir y las personas con quienes no me gusta convivir. Todo siempre girando en torno al placer y al displacer, a los gustos y los disgustos, de ese Yo tan cultivado, tan protegido, tan consentido. ¡Yo, yo, yo!
La práctica de la atención, cuando se coloca en la categoría “cosas que quiero hacer” o “cosas que me gusta hacer”, etc., ya está condenada al fracaso, pues, pronto, en un día de cansancio o frustración que tarde o temprano llegará, será colocada en la categoría “cosas que no quiero hacer” y dejará de ser una práctica.
Elaboré las primeras prácticas de atención en 2009; reescribí todo en 2013; reescribí todo de nuevo en 2017; y están siendo publicadas en libro solo ahora, en 2019. ¿Por qué? Porque durante buena parte de esos años, estuvieron en la categoría “cosas que me gusta hacer”, ya sabes cómo es, cuando me da la gana. Eran textos ingeniosos escritos por mí, pero sin ningún impacto real en mi vida.
Las prácticas de atención solo se convirtieron en un hábito cuando conseguí colocarlas en la categoría “cosas que se hacen”, que incluyen las clásicas comer y dormir, orinar y defecar, pero también “ser educado y amable con las personas” y meditar. Hago estas cosas no porque quiera (Dios sabe que casi nunca quiero ser educado y amable con las personas) y no porque tenga algún objetivo concreto a alcanzar (la mayoría de las personas con quienes soy amable y educado no saben mi nombre y nunca me volverán a ver), sino porque sí: porque es lo que se hace. No tiene nada que ver conmigo, con mis deseos, con mis placeres.
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La elección es: o queremos estar aquí, habitando de forma plena el momento presente que está sucediendo ahora y que es la culminación última de la realidad, o queremos estar donde siempre hemos estado, rumiando ofensas y saboreando deseos, nunca percibiendo a las personas a nuestro alrededor, eternamente orbitando nuestros propios, gigantescos Yos.
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La atención es la gran mercancía de la contemporaneidad. Es constantemente disputada por las grandes empresas, que esparcen todo tipo posible de publicidad a nuestra vista y contabilizan, y comercializan, los números de likes, comparticiones y vistas de páginas o perfiles en redes sociales. Hay una gran cantidad de información y estímulos destinada a dividir nuestra atención de nosotros mismos y, principalmente, del otro. Pero, contradictoriamente, vivimos en la era de la desatención, siempre haciendo todo de manera superficial, con falta de cuidado y de celo. En este libro, el zen-budista Alex Castro analiza las diferentes maneras en que podemos ejercitar la atención, no en busca del propio autodesarrollo, sino para convertirla en un instrumento de acción política. Más que mirar hacia uno en busca de mejora, el autor defiende la necesidad de ver y aceptar al otro, acoger y cuidar al prójimo. Para saber más y leer el libro accede a este sitio.
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