Lo que la meditación no puede curar
Por Debra Flics

Muchos occidentales, cuando encuentran la práctica del dharma, llegan buscando una cura psicológica; pero la meditación no fue diseñada para eso. A medida que la meditación se ha vuelto popular, se la ha vendido como una manera de enfrentar enfermedades físicas y emocionales, así como una forma de mejorar el desempeño en el trabajo, reducir el estrés y reconfigurar las conexiones en nuestro cerebro. He sido psicoterapeuta durante aproximadamente veinticinco años, trabajando tanto con meditantes como con personas que no meditan. También he enseñado meditación dentro de la tradición Theravada a estudiantes que claramente podrían beneficiarse de terapia. He visto de primera mano los beneficios de combinar ambas prácticas. También he visto las trampas de pensar que la meditación puede resolver heridas psicológicas tempranas; por más poderosa que sea la meditación, ese tipo de sanación no está dentro de su alcance. Para eso, tenemos la psicoterapia. Y cuando la psicoterapia se lleva en paralelo con una práctica de meditación, eso puede convertirse en una combinación poderosa.
En un artículo de 1989 titulado “Incluso los mejores meditantes tienen viejas heridas que sanar”, Jack Kornfield escribió: “Para la mayoría de las personas, la práctica de meditación no ‘lo resuelve todo’. En el mejor de los casos, es una parte importante de un camino complejo de apertura y despertar”. En ese momento, la idea de que la meditación no podía resolver todo el sufrimiento psicológico era ampliamente ignorada en los círculos de meditantes. Pero con más investigación y evidencia anecdótica, ha ganado cada vez mayor aceptación. En 2009, en un artículo para Buddhadharma titulado “Medicar o Meditar”, Roger Walsh, Robin Bitner, Bruce Victor y Lorena Hillman escribieron: “Parece claro que la pregunta sobre si la meditación y la psicoterapia pueden mejorarse mutuamente ha sido resuelta: muchas personas se benefician de su combinación, y esto ha sido observado por clínicos y demostrado por investigación. Cuando viejos traumas, dolores y patrones se reciclan sin fin o hacen que la práctica espiritual parezca opresiva y sin esperanza, la mejor respuesta puede no ser simplemente la clásica “más práctica”. En cambio, la psicoterapia puede ser necesaria.”
Practico psicoanálisis contemporáneo, lo que significa que cuando trabajo con un cliente, buscamos transformar profundamente los patrones emocionales deficientes que se formaron en la infancia. Mientras se hace esto, también reflejo y animo la autoexpresión auténtica del cliente. Por ejemplo, alguien puede haber aprendido muy temprano que es peligroso enojarse, pues eso podría poner en riesgo el amor de sus padres. Esto puede dejar a la persona en situaciones donde es postergada porque no tiene acceso a su ira legítima. En terapia, no solo descubriríamos la causa de esa dificultad con la ira, sino que también alentaríamos su expresión, especialmente en momentos en que el cliente podría estar enojado conmigo. A través de mi inmovilidad y aceptación de su sentimiento, el cliente gana una experiencia viva de poder estar enojado con alguien que no contraataca ni huye, que acepta sus preocupaciones. Este tipo de intercambio ayuda al cliente a desarrollar un sentido saludable, auténtico y vital de sí mismo.
Este aspecto del desarrollo psicológico no fue necesario para el Buda, y la sanación de este tipo de heridas no estaba incluida en su receta para el fin del sufrimiento.
Como cuenta la popular historia sobre el Buda, el padre de Siddhartha lo protegió de los sufrimientos del mundo manteniéndolo tras los muros del palacio. Esto funcionó hasta que cumplió veintinueve años y se sintió curioso sobre lo que sucedía afuera. Cuatro veces emprendió un viaje con su cochero. En tres de esos viajes, terminó encontrando a alguien: una persona muy anciana, una persona muy enferma y un cadáver; esto levantó el velo de sus ojos y le hizo entender el hecho inescapable del sufrimiento existencial. En su cuarta salida, Siddhartha encontró a un asceta, alguien que había renunciado al mundo material para vivir la vida sagrada y liberarse del sufrimiento. Este último encuentro señaló al Buda-por-ser la dirección que tomaría para alcanzar la liberación final.
A diferencia de muchos de nosotros, Siddhartha fue criado con cuidado absoluto, seguridad, amor, respeto, protección y admiración. Aunque su madre murió poco después de su nacimiento, lo que quizás lo hizo más sensible al sufrimiento existencial al que fue expuesto de adulto, habría desarrollado lo que se llama apego seguro con su tía, lo que significa que habría estado conectado de manera segura con su cuidadora. De acuerdo con la psicología del desarrollo, este apego es necesario para que un niño se convierta en un adulto con un sentido saludable y estable de sí mismo.
Siddhartha emergió de su infancia fuerte y confiado; de tal manera que fue capaz de responder al surgimiento de los cuatro mensajeros divinos y tomar acciones inmediatas. Después de su shock inicial, no se volvió oprimido ni disociado; no cayó en la negación. Estaba decidido y se trazó un curso de acciones para liberarse. En resumen, era psicológicamente completo.
La búsqueda de Siddhartha no fue un esfuerzo por desarrollar un sentido de sí mismo dentro de una realidad convencional. Ahora podemos ver que su búsqueda estaba de hecho destinada a mover su consciencia más allá de la realidad convencional, a trascender el sufrimiento existencial a través de la realización de la no-muerte. Las prácticas que nos dejó reflejan este objetivo final. Podemos ver su fuerte y saludable sentido de sí mismo cuando fue capaz de escuchar sus propias sugerencias internas, dejar todo lo que había conocido y seguir adelante sin dudas. También podemos verlo más tarde en su viaje cuando, después de pasar varios años con yoguis que estaban comprometidos con prácticas de austeridad, se dio cuenta de que prácticas como el ayuno y la autoflagelación no resolverían el problema de la vejez, la enfermedad y la muerte, y se fue por su propio camino una vez más. Durante todo su viaje, el Buda tuvo sus momentos bajos pero no se rindió. No se volvió deprimido, ansioso, cerrado, traumatizado o codependiente. Su sentido de sí mismo era claramente saludable e intacto.
Cuando practico psicoterapia, encuentro personas que fueron expuestas al sufrimiento muy temprano en la vida; antes de que sus mentes pudieran comprender lo que estaba sucediendo, mientras sus cuerpos aún eran vulnerables y estaban creciendo, y en un momento en que, para su desarrollo físico, emocional y psicológico completo, deberían haber sido protegidas del sufrimiento. Pueden haber experimentado dinámicas desafiantes de familias que incluyen abuso, negligencia emocional y falta de cuidado. Pueden haber tenido padres que tampoco recibieron ese cuidado parental y, a su vez, recurren a sus hijos para satisfacer sus necesidades emocionales. Más allá de la familia, la cultura misma nos presenta violencia, trauma y racismo sistemático. Muchas personas están muy lejos de estar fuera de los muros del palacio.
Los niños criados de esta manera pueden ser incapaces de escuchar, y mucho menos de seguir su guía interna, e incapaces de actuar desde el amor y la sabiduría. Más adelante, esto puede desarrollarse en forma de adicciones, depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático y otras enfermedades. Tantos de nosotros, en la cultura occidental, nos preguntamos quiénes somos, cómo encajamos y cuál es nuestro propósito. Nos debatimos con un sentido negativo de nosotros mismos mientras intentamos manejar el impacto de experiencias tempranas difíciles. En resumen, llegamos a las puertas de la práctica espiritual con un panorama emocional y psicológico muy diferente al del Buda-por-ser. Cuando comenzamos a practicar, nos debatimos por trascender los sufrimientos personales que nos impiden vivir completamente dentro de lo relativo, y no en el punto de enfrentarse al sufrimiento existencial para realizar lo absoluto.
Entonces, ¿nos sirve la meditación de ayuda? Si no puede curar completamente los sufrimientos psicológicos, ¿nos ofrece algo positivo? ¿Tiene algún aspecto sanador? La respuesta es: definitivamente sí. Aunque el Buda no llegó a la meditación por sanación, la meditación sí ofrece cierto alivio para las aflicciones psicológicas.
Cuando meditamos y desarrollamos nuestra concentración a través de la consciencia de la respiración, nos libera, aunque sea solo temporalmente, de los pensamientos y sentimientos que nos han bombardeado. Para algunos de nosotros, puede ser la primera vez que vemos que no somos lo que nuestros pensamientos dicen que somos. Vemos que los pensamientos surgen sin ser invitados, están condicionados por la familia, los maestros y la cultura, y no requieren que nos identifiquemos con ellos. Llegamos a la conclusión de que no necesitamos ser arrastrados por todas las formas de pensamiento y estados mentales; aprendemos que podemos hacer elecciones al servicio de nuestro bienestar. Vemos el camino mental que estamos a punto de tomar y nos preguntamos si es un camino que vale la pena recorrer. A medida que comenzamos a actuar desde la consciencia en lugar de la identificación con los pensamientos, nos comportamos de manera más hábil hacia nosotros mismos y hacia los demás. Aprendemos formas de cuidarnos, de desarrollar compasión y de practicar el amor.
Durante períodos más largos de retiro y silencio, los estados psicológicos difíciles que han estado enterrados en nuestras psiques pueden surgir para ser sentidos, presenciados y liberados. A medida que la práctica se profundiza, la meditación nos permite movernos más allá del pensamiento discursivo y sentir estas experiencias directamente. En estos casos, nos liberamos de paradigmas antiguos y de formas de sentirnos sobre nosotros mismos. Esto se superpone directamente con lo que puede suceder en una buena relación terapéutica.
Sin embargo, al salir del silencio y la quietud del retiro, podemos encontrar dificultades para concentrarnos y acceder a patrones en niveles más profundos nuevamente. Hay razones claras para esto. Tradicionalmente, la dificultad de concentración ha sido atribuida a los cinco obstáculos: deseo, aversión, pereza o torpor, inquietud y duda; todos estados mentales que impiden estados de concentración más profundos. Para algunas personas, estos estados mentales pueden estar compuestos por aquellas heridas psicológicas tempranas que hemos cargado con nosotros. Por ejemplo, lo que un maestro de meditación puede llamar aversión, un psicoterapeuta puede ver como autodesprecio. Lo que un maestro de meditación puede ver como pereza, un psicoterapeuta puede reconocer como depresión. Lo que un maestro de meditación puede ver como inquietud, un psicoterapeuta puede ver como ansiedad o TEPT. Porque estos estados mentales pueden estar compuestos por experiencias bastante difíciles, incluso traumáticas, que ocurrieron antes de que estuviéramos desarrollados y capacitados para lidiar con ellos, simplemente nombrarlos como obstáculos y sentir sus componentes energéticos generalmente no es suficiente.
Un psicoterapeuta vería el problema de no poder acceder a patrones más profundos no como un problema de establecer concentración, sino como una defensa psicológica. Las defensas son exactamente lo que indican: defienden el yo de experimentar recuerdos y sentimientos dolorosos y a menudo abrumadores. Las defensas son inconscientes; ocurren automáticamente y sin nuestro consentimiento. Podemos experimentar un humor agrio, una sensación de vacío, patrones de comportamiento difíciles, falta de claridad, ansiedad, depresión, fobias y más; todo sin saber de las experiencias, creencias y sentimientos que yacen en la raíz de estos estados mentales. Por otro lado, si las defensas se rompen, podemos encontrarnos siendo arrastrados por emociones dolorosas y, a veces, incapaces de actuar.
En lugar de ver estos estados mentales como obstáculos para una concentración más profunda, un psicoterapeuta los vería como experiencias que están pidiendo a gritos ser sanadas; en el espacio protegido y confidencial de la relación entre terapeuta y cliente, el enfoque sería entonces explorar estas experiencias. Estas defensas se ven como un punto de partida. En una exploración compartida, el terapeuta señala e interpreta las defensas para que gradualmente pierdan su fuerza. A medida que se construye la confianza, el material que está más allá de las defensas puede emerger y ser procesado. En circunstancias ideales, las emociones difíciles y las experiencias que antes eran inconscientes emergen de manera protegida y lenta para que el cliente pueda integrarlas sin sentirse abrumado. A medida que estos patrones se desarrollan, el psicoterapeuta no solo proporciona apoyo emocional y aliento, sino que también sirve como un nuevo modelo para cómo responder a estas dificultades.
Aquí hay un ejemplo de cómo un psicoterapeuta podría ayudar a transformar un patrón psicológico. Cuando un cliente comienza a sentirse vulnerable, puede escuchar una voz dura desde adentro llamándolo estúpido o débil. Con algo de exploración, podemos descubrir que esa voz es exactamente cómo su padre lo trató cuando era un niño vulnerable. Esa voz mantiene el status quo; mantiene los sentimientos vulnerables protegidos. El cliente se llama a sí mismo débil o necesitado, e intenta golpear esos sentimientos con dureza y culpa. Pero esa voz dura está sirviendo una función protectora, como si los sentimientos vulnerables hubieran abrumado al niño que no tenía un padre tranquilo para ayudarle con ellos. El psicoterapeuta interpreta la naturaleza defensiva de esa voz dura y señala cómo ya no sirve al cliente en el sentido de suprimir sus sentimientos vulnerables. Se puede invitar al niño vulnerable a expresarse, y el psicoterapeuta puede responder con cuidado y compasión. En lugar del modelo de dureza que recibió de su padre, se recibe una nueva instancia de aceptación, y el cliente aprende a tratarse a sí mismo con gentileza.
De esta manera, se forma un apego seguro con el terapeuta. Esto es lo que Siddhartha ya poseía cuando comenzó su viaje hacia la libertad; es esencial para el desarrollo de un sentido saludable de sí mismo. Cuando esto no ocurre en la infancia, nos falta. ¿A dónde van los adultos para satisfacer las necesidades de dependencia desconocidas, las necesidades de reflejar su yo auténtico, el aliento de sus verdaderas luchas, la protección y la empatía? ¿A dónde pueden ir los adultos para finalmente crecer?
La psicoterapia conducida desde una perspectiva del desarrollo; siendo esta la terapia que toma en cuenta la necesidad de un apego seguro compuesto por protección, empatía, reflejo y cuidado de las luchas auténticas del cliente; y los efectos nocivos derivados de cuando esto no fue ofrecido de manera ideal durante la infancia; ofrece una reconstrucción de ese desarrollo. Los clínicos alentarán e incentivarán el desarrollo de los anhelos más profundos del cliente, sus verdaderos intereses y la expresión de sus talentos. Una vez que se expresan y encuentran una salida en el mundo, esos aspectos del yo que estaban congelados en la infancia comienzan a crecer nuevamente. La psicoterapia orientada al desarrollo, por lo tanto, no es solo un trabajo a través de patrones antiguos y sistemas de creencias, sino también una segunda oportunidad para convertirse en la persona auténtica y verdadera que deberíamos ser. El niño interior del que todos hemos oído hablar tanto no necesita permanecer como un niño, congelado en el tiempo para siempre. Con compromiso y deliberación, el cliente puede convertirse en un adulto emocionalmente maduro. Con todo su poder, esto es algo que la práctica de meditación solitaria no puede proporcionar.
La meditación puede, sin embargo, ayudar en el proceso terapéutico. A medida que pensamientos y sentimientos dolorosos emergen en el tratamiento, el meditante estará inicialmente más inclinado que un no meditante a entender que los pensamientos y sentimientos son fenómenos internos que no necesitan ser actuados. Este es un paso crucial en la finalización de un comportamiento problemático y en el crecimiento de la consciencia. Esta habilidad, junto con la internalización de la presencia cuidadora del psicoterapeuta, puede cambiar profundamente la manera en que la persona responde a los pensamientos y las relaciones. Además, entender y ver profundamente la impermanencia de los fenómenos mentales puede permitir que un meditante en terapia experimente pensamientos y emociones perturbadores con menos miedo y con una confianza creciente de que pasarán. La consciencia se fortalece en la meditación hasta el punto en que hemos visto estados mentales ir y venir; es menos probable que resistamos sus surgimientos en la medida en que sabemos que eso retrasará su paso. No solo eso, sino que cuando entendemos la naturaleza de los fenómenos condicionados y la ausencia de yo, alimenta la consciencia de que los pensamientos pueden ser emocionalmente verdaderos sin ser concretamente verdaderos; una distinción crucial para el trabajo interno. Hay una gran diferencia entre creer que soy una persona terrible y entender que me siento como una persona terrible por la manera en que fui tratado en el pasado.
Como meditantes, entendemos de una manera profunda que la mente discursiva está condicionada y no es quiénes somos en nuestra esencia. Nos volvemos más sensibles y podemos sentir las diferencias energéticas entre la mente parlanchina y la voz interna de la sabiduría. Sabemos que poseemos la naturaleza búdica; un poderoso sistema de orientación interno, más allá de la mente pensante, que nos apunta en la dirección de la sabiduría y el amor.
Habiendo abierto y sanado muchas de nuestras heridas en la psicoterapia, ya no usamos nuestras defensas para protegernos de nuestros dolores. Sin esa armadura contra el sufrimiento, nos volvemos más sensibles al mundo que nos rodea. Ahora, cuando meditamos, vemos más claramente. Vamos más profundo. Internalizamos la presencia compasiva del psicoterapeuta en la presencia de nuestro propio sufrimiento y, como resultado, podemos expresar mejor nuestra compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás. Maduramos. Somos menos arrastrados por nuestros propios miedos y dolores y somos capaces de volvernos hacia el sufrimiento de los demás con un corazón abierto. Somos más como un canal abierto para nuestra guía interna. Como el Buda, podemos seguir las sugerencias internas del viaje de nuestras vidas y de nuestro potencial.
Con nuestros patrones kármicos modificados y transformados, nuestra práctica espiritual se profundiza. Habiendo estudiado el yo, olvidamos el yo y podemos ver el mundo a través de lentes menos personales. Podemos profundizar en nuestra práctica de meditación y, como el Buda en sus salidas del palacio, experimentar las verdades de la vejez, la enfermedad y la muerte. Experimentamos el insight en estas tres características: sufrimiento, impermanencia y la ausencia de yo. Reconocemos la insensatez de confiar en que el reino condicionado pueda traernos felicidad y satisfacción duraderas. Al mismo tiempo, profundizamos nuestro compromiso de desarrollar el corazón, de evitar traer cualquier sufrimiento adicional a nosotros mismos y a los demás, y de cultivar la compasión por todos los seres.
Como el Buda, podemos, así, vernos inspirados a movernos aún más allá, a dejar la preocupación por el yo conocido y encontrar lo que perdura más allá del reino condicionado. Podemos preguntarnos qué es verdadero más allá de los sufrimientos y deseos del yo personal, más allá de nuestras historias y circunstancias, más allá de la vida y la muerte. Menos abrumados por el equipaje del sufrimiento personal, seguimos adelante.
Artículo publicado originalmente en lionsroar.com