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La muerte: la gran maestra

Por Judy Lief

Ya sea que luchemos, neguemos o aceptemos, todos nosotros tenemos una relación con la muerte. Algunas personas se encuentran con la muerte pocas veces durante la juventud, y termina siendo algo personal solo durante la vejez, conforme el número de funerales comienza a superar el de bodas. Otros crecen en ambientes violentos, donde la muerte súbita es común, o ven a un miembro de la familia morir de alguna enfermedad fatal. Muchos de nosotros nunca hemos visto a una persona morir, mientras que quienes trabajan en hospitales y asilos ven la realidad de la muerte y del morir todos los días. Pero independientemente de si la muerte es algo distante para nosotros o si estamos cerca de ella, nos acecha y nos desafía.

La muerte es una mensajera poderosa, una maestra exigente. Ante el mensaje de la muerte, podríamos cerrarnos y volvernos más rígidos. O podríamos abrirnos y volvernos más libres y amorosos. Podríamos intentar evitar su mensaje de todas las formas, pero eso requeriría mucho esfuerzo, pues la muerte es una maestra persistente.

La Maestra Muerte nos encuentra en el momento en que nacemos, y está a nuestro lado en todos los momentos de nuestra vida. Lo que la muerte tiene que enseñarnos va directo al punto. Es profundo y al mismo tiempo íntimo. La muerte es una parada completa. Interrumpe las ilusiones y los hábitos mentales que nos aprisionan en pensamientos pequeños y restringidos. Es una afrenta al ego.

La muerte es un hecho. Nuestro desafío es descubrir cómo lidiar con ella, porque nunca es un buen plan luchar contra ella o negarla. Cuanto más luchamos contra la muerte, mayor se vuelve nuestro resentimiento y nuestro sufrimiento. Tomamos una situación dolorosa y, al luchar, añadimos una nueva capa de dolor a eso.

No podemos evitar la muerte, pero podemos cambiar la manera en que nos relacionamos con ella. Podemos encarar la muerte como una maestra, y ver qué es posible aprender de ella.

El hecho es: todos moriremos, tarde o temprano. Ningún truco de magia o artificio espiritual hará que desaparezca. Distanciarse de la muerte o abstenerse de pensar en ella no funciona.

He notado que cuanto más distantes estamos de la muerte, mayor es el miedo que surge. La muerte se vuelve ajena, otra, aterradora, misteriosa. Las personas que trabajan regularmente con el morir, que están más cerca de la muerte, parecen tener menos miedo.

Cada uno de nosotros posee su propia y única relación con la muerte, nuestra propia historia y circunstancias particulares, pero de una manera u otra, todos nos relacionamos con ella. La pregunta es: ¿cómo nos relacionamos con esa realidad y cómo colorea esto nuestras vidas? Es posible reconciliarse con el hecho de la muerte de una forma que enriquezca nuestras vidas, pero para aprender de la muerte, debemos estar dispuestos a adoptar una mirada desapasionada sobre nuestras experiencias y prejuicios.

La reflexión sobre nuestra propia mortalidad y sobre la realidad de la muerte se practica en muchas tradiciones contemplativas. En la tradición budista, la contemplación de la muerte se dice que es la “contemplación suprema”. Abarca reflexionar no solo sobre la muerte física, sino sobre la impermanencia en todas sus dimensiones.

A través de la meditación y del desarrollo de una conciencia continua de la muerte, podemos cambiar nuestra relación con la muerte y, así, cambiar nuestra relación con la vida. Podemos ver que la muerte no es solo algo que surge al final de la vida, sino que está inseparablemente ligada a nuestra vida momento a momento, del comienzo al fin. Podemos ver que la muerte no es solo una maestra final. Está disponible para enseñarnos aquí y ahora.

Cuando la contemplamos de esta forma, nuestros varios esquemas creados para evadir la realidad de la muerte, como la invención de interpretaciones para hacerla más tolerable, se exponen y se desmoronan uno por uno. La muerte es la gran interruptora, irracional e innegociable. Ninguna cantidad de ingenio cambiará eso.

Contemplar la muerte no es una práctica fácil. No es meramente conceptual. Agita las cosas. Evoca emociones de amor, pesar, miedo y ansiedad. Trae a la superficie rabia, decepción, arrepentimiento y falta de fundamento. ¿Cuán suave es reflexionar sobre las muchas pérdidas que hemos experimentado y que experimentaremos en el futuro? ¿Cuán áspero es reflexionar sobre la calidad efímera de la vida?

En esta práctica, deliberadamente traemos nuestra atención, una y otra vez, a nuestra relación con la muerte. Examinamos lo que entendemos sobre la muerte y qué nos trae. Reflexionamos sobre nuestras experiencias y sobre nuestras reacciones a esas experiencias.

Es un poco como ir a terapia de pareja. “¿Cuándo se conocieron ustedes dos? Cuéntenme un poco sobre su historia. ¿Pasan mucho tiempo juntos? ¿Qué fue lo que te ofendió de él o de ella? ¿Cómo ven ustedes su relación siguiendo adelante?”. Podrías decir que la muerte es tu pareja más íntima. Está contigo todo el tiempo, completamente inmersa en tus actividades diarias. Siendo ese el caso, ¿no valdría la pena crear una relación con ella?

Pero nuestra relación con la muerte no es así de simple. En la búsqueda de entenderla, necesitamos desacelerar y examinar sistemáticamente nuestras ideas sobre ella, lo que hace emerger y qué significa para nosotros. La muerte trae a la superficie todo tipo de pensamientos. Y escondida en medio de esas nubes de pensamientos está una pequeña, no expresada, profundamente arraigada y aún persistente noción de que pasaremos por ella intactos, como si pudiéramos ir a nuestro propio funeral.

Cuanto más de cerca miras todas esas ideas, más ves cuán inadecuada es la mente conceptual frente a la muerte. Sin embargo, cómo pensamos sobre la muerte importa. Afecta cómo vivimos nuestras vidas y cómo nos relacionamos unos con otros.

La práctica contemplativa nos desafía a mirar profundamente dentro de nuestros pensamientos y creencias, fantasías y presunciones, esperanzas y miedos. Nos desafía a separar lo que nos fue dicho de lo que nosotros mismos pensamos y experimentamos. Tenemos todo tipo de pensamientos sobre lo que sucede cuando morimos y sobre cómo nosotros y otros deberíamos relacionarnos con la muerte, pero a través de la meditación, aprendemos a reconocer los pensamientos como pensamientos. Aprendemos a no confundir esos pensamientos e ideas sobre la muerte con el conocimiento directo o la experiencia. Aprendemos a no creer en todo lo que pensamos o en todo lo que nos fue dicho.

Estamos en una danza con la muerte en todos los niveles, y cada nivel influye y es influenciado por los otros. Somos influenciados por lo que nos fue dicho sobre la muerte y el morir, por nuestra historia personal, por nuestro sesgo cultural y por lo que hemos observado. También somos influenciados por hábitos internos de pensamiento y respuestas condicionadas. Nuestras visiones más sutiles y reacciones a la impermanencia pueden estar algo escondidas, pero tocan nuestra visión sobre la vida de una sola vez, y en nuestra identidad personal.

Si queremos entender nuestra relación con la muerte, necesitamos explorar su amplitud tanto como sus dimensiones más sutiles. Si estamos dispuestos a honestamente echar un vistazo a cómo personalmente lidamos con esa realidad, podemos desarrollar una comprensión más profunda de la impermanencia e incluso sentirnos cómodos con ella.

Una manera de comenzar es reflexionando sobre tu historia personal con la muerte. ¿Qué te fue dicho sobre la muerte? ¿Cuáles son algunas de tus primeras experiencias con ella?

En mi caso, cuando tenía unos cinco años, me dijeron que mi niñera había muerto, solo eso. Para mí, ella había simplemente desaparecido, y los niños no iban a funerales. Más tarde, cuando mi tía murió, me dijeron que iría al cielo, un lugar muy bonito. Pero yo no creía que las personas realmente creyeran en eso, porque todo lo que veía eran personas molestas y llorando. Cuando las mascotas morían, me decían que “habían ido a dormir”. A mí, no parecía que estuvieran durmiendo.

De niña, observaba que los animales muertos no respiraban ni se movían como los que estaban vivos. Veía que se contraían y comenzaban a oler extraño, o eran aplastados de forma que quedaban irreconocibles. Veía que los perros atropellados por autos gritaban de dolor y que los animales parecían enfermos antes de morir. Veía que las personas se volvían viejas y frágiles. Veía que cuando matabas un insecto, no podías hacerlo volver a la vida, aunque te sintieras arrepentida. Mis amigos y yo pensábamos que era divertido tararear canciones como “los gusanos se arrastran adentro, los gusanos se arrastran afuera…”. La muerte no nos era tan real; la transformábamos en una broma.

Observaba muchas de esas cosas en un nivel externo, pero en un nivel interno, no tenía la menor idea de qué era la muerte o qué significaba todo eso. No sabía cómo darle sentido, o cómo conectarlo con las otras experiencias de mi vida.

En nuestro encuentro con la mortalidad, es esa dimensión interna, la dimensión de la relación, la que necesitamos explorar. Queda obvio que, para llegar a una relación más despejada con la muerte, primero necesitamos abrirnos paso a través de un sorprendente número de ideas, presunciones y especulaciones, algunas de ellas profundamente arraigadas. A través de ese proceso, podemos volvernos conscientes de los muchos conceptos que están flotando alrededor nuestro, e intentar descubrir de dónde vienen y qué efecto tienen sobre nosotros.

Cuando buscamos el origen de todo esto, encontramos una paradoja. Generalmente consideramos que la muerte es el fin, pero comienza a parecer que, en realidad, la muerte es el comienzo. Es la textura a partir de la cual maduramos nuestra identidad, el escenario en el cual representamos nuestra historia.

Podemos comenzar nuestra exploración aquí mismo, donde estamos. Ya hemos nacido, estamos vivos y aún no hemos muerto. ¿Y ahora? Podemos conectarnos con nuestra vida en términos de una historia. Por ejemplo, nacimos en tal y tal tiempo y lugar, hicimos esto y aquello, y poseemos cierta etiqueta y cierta identidad. Pero esta historia siempre está cambiando y siempre está en proceso; no es tan confiable. De cualquier forma, cuando nuestra historia se combina con un cuerpo físico, parece que tenemos algo más sólido, un paquete completo. Tenemos algo a lo que aferrarnos y que defender. Tenemos algo que puede nos ser quitado.

Pero, ¿a qué nos aferramos, en realidad? Nuestra historia no es así de sólida. Siempre está siendo revisada y reescrita. De la misma forma, nuestro cuerpo no es una cosa sólida y continua. También está siempre cambiando. Si buscas ese cuerpo que eres tú, no lo encuentras.

Cuanto más de cerca miras, menos sólido parece ser todo esto. Cuando investigamos nuestra experiencia de hecho, aquí y ahora, momento a momento, vemos cuán efímera y dinámica es. Tan pronto como percibimos un pensamiento, sentimiento o sensación, ya ha sucedido. ¡Poof! ¡Se fue! Y el observador, aquel que está percibiendo, no está en ningún lugar que se pueda encontrar. ¡Poof! Cuando contemplamos de esta forma, comenzamos a sospechar que esta vida no es así de sólida; que nosotros no somos así de sólidos.

Esto puede sonar como una mala noticia, pero de hecho ese descubrimiento es de suprema importancia. Conforme comenzamos a ver a través de nuestra solidez mítica, también comenzamos a notar todo tipo de pequeñas grietas que existen en nuestros esquemas conceptuales. Notamos pequeños sabores de libertad y comodidad donde nuestra lucha por ser alguien se disuelve, y simplemente somos. En tales momentos, al menos brevemente, no estamos siendo impulsados ni por esperanza ni por miedo. Vemos que continuamente aferrarse a la vida y protegerse de la muerte como una amenaza futura no es nuestra única opción. Existe una alternativa a ese nuestro hábito tenso de sostener y defender.

Después de cada pequeño insight o pausa existe un reagrupamiento, y nos vemos reconstruyendo nuestro mundo. Cada vez que lo recomponemos, también estamos recomponiendo la amenaza de que no puede ser mantenido. Lo hacemos una y otra vez. Estamos repetida y continuamente alimentando la pretensión de la solidez y el miedo a la muerte que viene con eso.

Para deshacer ese hábito dañino, necesitamos verlo más claramente. Necesitamos reconocer que somos los responsables de perpetuarlo, y por eso tenemos el poder de detenerlo.

Al mirar las semillas de nuestra relación con la vida y con la muerte en un nivel interno sutil, descubrimos cómo nos preparamos a nosotros mismos para una batalla contra la muerte desde el comienzo; en un nivel muy personal de identidad y de autodefinición.

Cuanto más sólidos nos construimos a nosotros mismos, y cuanto más rígidamente nos identificamos con esa construcción, mayor es lo que tenemos que defender y mayor es lo que tenemos que temer. Mirar la muerte en términos de patrones ocultos y sutiles puede parecer sin consecuencias, pero no lo es.

Cuando abandonamos el enfoque del campo de batalla; de que la vida y la muerte son enemigas; nos volvemos abiertos a una forma completamente nueva de ver las cosas. En lugar de esto contra aquello, nosotros contra ellos, algo mucho más inspirador puede tomar ese lugar. Las experiencias pueden surgir con frescura porque son inmediatamente liberadas. Porque son liberadas tan pronto como surgen, no hay nada a lo que aferrarse y nada que perder. No hay campo de batalla, no hay ganador y perdedor, no hay héroe y villano.

La simple meditación sin forma es una herramienta poderosa para relajar ese patrón de sostener y defender. Trabajar con la muerte a través de la conciencia de los surgimientos y disoluciones momentáneos es una práctica profunda. Nos muestra que el límite vida-muerte es una experiencia incesante e incluso ordinaria, y que ese inquietante punto de encuentro colorea todo lo que hacemos. Si logramos volvernos más arraigados en ese nivel, podemos volvernos más abiertos a lo que la muerte tiene que enseñarnos en su totalidad.

Aunque la muerte sea una realidad continua, existen momentos en que nos golpea de forma particularmente dura. Puede ser cuando sufrimos un susto con relación a la salud o un accidente cercano. En esos momentos, realmente despertamos a la presencia de la muerte, y sus enseñanzas surgen de manera alta y clara. El corazón late fuerte, los sentidos se agudizan y nos sentimos extra vivos. Hay una quietud, como si el tiempo se hubiera detenido.

Momentos como este son tan simples y directos, tan inmediatos. “Es esto,” pensamos. “Realmente está sucediendo.” En estos momentos, el aumento de nuestra conciencia de la muerte simultáneamente aumenta nuestro sentimiento de estar vivos.

De hecho, ante la muerte, nos sentimos más vivos que nunca. Somos obligados a pensar más seriamente sobre qué hacer con el tiempo que nos queda. Sin embargo, generalmente no mantenemos esa conciencia, y el sentimiento de estar más vivo se desvanece. Volvemos al patrón normal de evitar la muerte y, junto con eso, nuestro enfoque embotado con relación a la vida.

Mantener la conciencia de la muerte hace la vida más vívida. Bajo la luz de la muerte, los intereses insignificantes caen por tierra y nuestras preocupaciones se vuelven sin sentido. Es como si espesas nubes de polvo que estaban cubriendo algo brillante y vívido hubieran sido sopladas lejos, y entonces quedamos con algo crudo, inmediato y hermoso. Ganamos insight sobre lo que importa y sobre lo que no importa.

La conciencia de la muerte; escuchando sus enseñanzas; corta a través del apego sutil presente en el núcleo de nuestras experiencias. Corta a través de nuestro auto-apego y de nuestro apego a los otros. Esto puede parecer chocante, pero todo ese apego realmente no nos ha ayudado a nosotros mismos ni a nadie. Nuestro apego a los otros puede tener la apariencia de un cuidado real, pero está basado en el miedo y en el intento de congelar y controlar la vida. Es una forma de suprimir la muerte y resguardarse de la intensidad de la vida. Pero si desarrollamos una mayor suavidad con relación a nuestra propia impermanencia y nuestras dificultades con la muerte, podemos ser más comprensivos con los otros y con sus dificultades. Podemos conectarnos unos con otros de manera más genuina y acogedora.

La muerte viene a ser la maestra que nos libera del miedo. Es la maestra que abre nuestros corazones a un amor y una apreciación por la vida y por los otros más libres y fluidos. Cuando nos quedamos atrapados en nuestra auto-importancia y seriedad, la muerte aparece. Cuando somos atrapados por la auto-compasión, la muerte aparece. Cuando nos volvemos complacientes y damos las cosas por sentadas, la muerte aparece.

La muerte nos incentiva a avanzar en un sentido de urgencia y pone nuestras preocupaciones en perspectiva. La muerte hace nuestros apegos más ligeros y se burla de nuestras pretensiones. La muerte nos despierta. Es nuestra maestra más confiable y nuestra compañía más constante.

Texto de Judy Lief publicado originalmente en inglés en Lions Roar

Las imágenes que ilustran el artículo son del artista Tashi Mannox de la serie “Riendo ante la cara de la muerte: vivir y morir sin arrepentimientos”.