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La ilusión del "yo"

Por Matthieu Ricard

Un sentimiento exacerbado de autoestima, autocentramiento y egocentrismo son la base de los impulsos de atracción y aversión, que rápidamente se desarrollan en aflicciones mentales de odio, deseo, arrogancia, envidia y falta de discernimiento.

Por otro lado, ver el “yo” como una mera convención o como una etiqueta designada para nuestra corriente dinámica de experiencia, consciencia en relación con el cuerpo y el mundo, está en armonía con la naturaleza interdependiente e impermanente de la realidad; y conduce a un estado de bienestar basado en sabiduría, altruismo, compasión y libertad interior. Para alcanzar este entendimiento, uno debe investigar cuidadosamente la noción de un “yo” que podría, posiblemente, constituir una entidad autónoma y separada.

Este análisis revela que el yo no puede existir fuera del cuerpo y de la experiencia de la consciencia. No puede estar intrínsecamente asociado a los constituyentes físicos del cuerpo, pues no tiene localización, forma ni color. Finalmente, el yo no puede encontrarse en el flujo de consciencia, dentro del cual los pensamientos pasados se han ido, los pensamientos futuros aún no han surgido y los pensamientos presentes no permanecen. Así, se concluye que el yo es una mera convención.

A cada momento entre el nacimiento y la muerte, el cuerpo pasa por transformaciones incesantes y la mente se convierte en el escenario de innumerables experiencias emocionales y conceptuales. Y sin embargo, le atribuimos cualidades de permanencia, singularidad y autonomía al yo. Además, cuando comenzamos a sentir que este yo es altamente vulnerable y debe ser protegido y satisfecho, la aversión y el apego entran en juego: aversión por cualquier cosa que amenace el yo, apego por todo lo que lo agrada. Estos dos sentimientos básicos, atracción y repulsión, son fuentes de todo un mar de emociones conflictivas.

Por miedo al mundo y a los otros, con miedo al sufrimiento, por la ansiedad de vivir y morir, imaginamos que al retirarnos dentro de la burbuja del ego, estaremos protegidos. Creamos la ilusión de estar separados del mundo, esperando con ello evitar el sufrimiento. En realidad, lo que sucede es exactamente lo opuesto, ya que el aferramiento al ego es un imán poderoso para atraer el sufrimiento.

Nuestro apego a la percepción de un “yo” como una entidad separada lleva a un creciente sentimiento de vulnerabilidad e inseguridad. También refuerza el egocentrismo, la rumiación mental y pensamientos de esperanza y miedo, y nos distanciamos de los otros. Este “yo” imaginado se convierte en la víctima constante golpeada por los eventos de la vida.

¿Dónde entonces está el yo? No puede estar exclusivamente en mi cuerpo, porque cuando digo “yo soy orgulloso”, es mi consciencia la que es orgullosa, no mi cuerpo. ¿Entonces, está en mi consciencia? Cuando digo: “Alguien me empujó”, ¿fue mi consciencia siendo empujada? Por supuesto que no. El yo obviamente no puede estar fuera del cuerpo y la consciencia. La única manera de salir de este dilema es considerar el yo como una designación mental o verbal ligada al cuerpo y a la consciencia. El yo es meramente una idea.

Paradójicamente, la autoconfianza genuina es una cualidad natural de la ausencia de ego. Disipar la ilusión del ego es liberarse de una vulnerabilidad fundamental. La confianza genuina proviene de la consciencia de una cualidad básica de nuestra mente y de nuestro potencial de transformación y prosperidad, lo que el budismo llama “naturaleza búdica”, presente en todos nosotros.

Paul Ekman, uno de los especialistas mundiales en la ciencia de la emoción, fue inspirado a estudiar “personas dotadas de cualidades excepcionalmente humanas”. Entre los rasgos más notables compartidos por estas personas, observa, están “una impresión de bondad, una manera de ser que los otros pueden sentir y apreciar y, a diferencia de tantos charlatanes carismáticos, una armonía perfecta entre sus vidas privadas y públicas.” Emanan bondad.

Sobre todo, escribe Ekman, exhiben “una ausencia de ego. Estas personas inspiran a otros por cuán poco hacen de su estatus y su fama, en suma, de su propio yo. Nunca piensan dos veces si su posición o importancia es reconocida. “Tal falta de egocentrismo,” añade, “es totalmente desconcertante desde el punto de vista psicológico”. Ekman también enfatiza cómo “las personas quieren instintivamente estar en su compañía y aunque no siempre puedan explicar por qué, encuentran su presencia enriquecedora. En esencia, emanan bondad”.

Si el ego fuera realmente nuestra esencia más profunda, sería fácil entender nuestra aprensión respecto a renunciar a él. Pero si es meramente una ilusión, librarse de él no es arrancar el corazón de nuestro ser, sino simplemente abrir nuestros ojos.

En lugar de debilitar al individuo, la comprensión de la no existencia de un “yo” independiente lleva a un profundo sentido de libertad interior, fortaleza y apertura hacia los otros, que permite el florecimiento del amor y la compasión altruista, enraizados en la sabiduría.

Artículo publicado originalmente en Matthieu Ricard